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Las ideologías de la integración y desintegración

No se trata necesariamente de izquierdas o derechas en cuanto al resultado actual de tantas naciones independientes y pretendidamente soberanas sobre la faz de la Tierra. Los ideales de la emancipación se relacionaron con luchas y líderes que comúnmente abrazaban las ideas progresistas de libertad, justicia social y respeto a los derechos humanos. Sin embargo, en el presente, no hay duda que algunas expresiones independentistas son impulsadas por fuerzas y caudillos de tosco nacionalismo y movidos por intereses económicos, es decir por quienes son parte de las fuerzas más reaccionarias del mundo.
Desde los inicios y casi hasta terminar el Siglo XX, los aires de integración, como el que diera origen a la Unión Soviética o al Mercado Común Europeo, fueron considerados expresión de un progresismo que, incluso, arrasó con las viejas monarquías, así como antes nuestros procesos independentistas respecto de España y Portugal fueron impulsados por esfuerzos y luchas que rápida y consecuentemente tomaron las banderas del republicanismo, el término de la opresión y el reconocimiento de la igualdad de derechos de toda la especie humana. Es decir, obedecieron a una ideología francamente revolucionaria o vanguardista para la época.
Más allá de la suerte posterior de estas gestas, parece no haber duda que la Revolución Rusa y la integración leninista de numerosas naciones explica mucho la consolidación de la Unión Soviética como una potencia mundial, así como en su momento la integración de casi medio centenar de estados norteamericanos explica buena parte de su actual poderío y hegemonía estadounidense, además de la superación del esclavismo y diversas otras formas de segregación.
Parece ser que la humanidad anda mejor sin guerras vecinales, sin ejércitos imperiales y con altos grados de colaboración mutua. El logro de integración de muchos países europeos, así como el mismo sueño bolivariano, de verdad mantienen mucha vigencia, pese a las fuerzas centrífugas de los ingleses, la evidente descomposición de muchos acuerdos regionales y aquellas tensiones entre nuestros estados que favorecen, por cierto, a las grandes empresas transnacionales y a los países hegemónicos que fundan en gran parte su “prosperidad” en el negocio de las armas.
Cuesta concluir si el independentismo vasco y catalán, si la propia desintegración del mundo socialista, pueden ser auspiciosos realmente para los que los promueven. Da la impresión de que en todos estos fenómenos conviven ideas y movimientos muy disímiles, así como resulta muy difícil evaluar qué tendencias lograrán imponerse a la postre y si el costo que pueden significar en pérdida de vidas y destrucción material francamente las justifiquen. (Continuará).

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