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Bajar el dólar no es estabilizar Bolivia

Carlos Jahnsen Gutiérrez

El Gobierno celebra que el dólar haya bajado de Bs 12,64 a Bs 12,42 después de que el Banco Central de Bolivia (BCB) ofreciera USD 35 millones a la banca a Bs 12,10. Su vocero anticipa nuevas caídas porque aumentó la oferta de divisas. La relación es plausible: si ingresan dólares al mercado y se retiran bolivianos mediante la inmovilización del 3% de depósitos bancarios, disminuye la presión sobre la cotización. Pero confundir ese movimiento con una estabilización duradera sería apresurado.
Una subasta puede bajar el dólar. No puede fortalecer la economía que debe sostener esa baja.
El Gobierno acierta: el antiguo tipo de cambio fijo de Bs 6,96 era insostenible. Cuando nadie conseguía dólares a ese precio, la cotización oficial dejó de informar la realidad y comenzó a ocultarla. Produjo racionamiento, mercados paralelos y pérdida de reservas. Abandonar esa ficción era necesario.
También tiene razón al afirmar que la estabilidad cambiaria depende de aumentar producción, exportaciones y entrada de divisas. Esa declaración identifica el corazón del problema boliviano: el país no necesita administrar mejor los dólares escasos, sino recuperar la capacidad de generarlos.
Sin embargo, el discurso oficial incurre en una gran contradicción. Si el dólar debe fluctuar conforme a la oferta y la demanda, el Gobierno no debería anunciar que seguirá bajando, como si esa dirección fuera siempre deseable. En un régimen flexible, el éxito no consiste en abaratar el dólar, sino en lograr que su cotización refleje los fundamentos, evite movimientos desordenados y preserve la competitividad externa. Presentar cada apreciación del boliviano como una victoria política puede presionar al BCB para defender nuevamente un dólar barato. Sería una victoria pírrica: el dólar bajaría hoy, pero Bolivia volvería a perder mañana reservas, competitividad y capacidad de producir divisas.
La venta de USD 35 millones puede ser correcta si enfrenta pánico, iliquidez o especulación transitoria. Amplía la oferta de dólares, reduce el temor a nuevas devaluaciones y evita que el encarecimiento del dólar eleve rápidamente alimentos, combustibles e insumos importados. La restricción monetaria complementa esa acción: al retirar bolivianos, reduce la demanda de divisas. Juntas, ambas medidas pueden contener volatilidad e inflación.
Pero no son gratuitas. Menos liquidez puede encarecer el crédito y debilitar inversión, producción y empleo. Vender reservas reduce los dólares disponibles para responder a futuras presiones, especialmente cuando Bolivia tiene limitada capacidad para reponerlos mediante exportaciones, inversión extranjera o superávits sostenidos. Los USD 35 millones pueden apagar un incendio; utilizarlos repetidamente para fijar una cotización terminaría vaciando el extintor.
Por eso, ni Bs 12,10 ni Bs 12,42 constituyen automáticamente el precio correcto. El nivel estratégicamente adecuado es aquel que, corregido por la inflación relativa, permite reconstruir reservas y mantiene rentable exportar, producir localmente e invertir. La zona de Bs 12–13 puede ser una referencia transitoria plausible, pero no una nueva ancla rígida. Defenderla sin una brújula de competitividad repetiría, con otra cifra, los errores del Bs 6,96.
La política del BCB parece compatible con una flotación administrada: deja variar el precio, pero interviene ante sobresaltos y restringe liquidez para moderar la inflación. También coincide, en orientación, con los compromisos anunciados en las negociaciones con el FMI: flexibilidad cambiaria, disciplina monetaria, menor financiamiento del déficit y fortalecimiento de reservas. Sin conocer las condiciones completas; sin embargo, no puede atribuirse cada decisión a una exigencia específica del Fondo.
¿Puede funcionar? Sí, si actúa como puente hacia reformas más profundas. Fracasará si el Gobierno interpreta una baja diaria como prueba de éxito y sustituye una estrategia económica con subastas. El BCB puede suavizar la volatilidad; no puede corregir el déficit fiscal, reanimar los hidrocarburos, atraer capital productivo ni diversificar exportaciones.
La verdadera responsabilidad recae ahora en el Gobierno. Debe ordenar las cuentas públicas para no obligar al BCB a financiar desequilibrios; ofrecer seguridad jurídica para atraer inversiones; desmontar obstáculos a la producción; y sostener un tipo de cambio real competitivo junto con una inflación decreciente. Sin esas condiciones, el descenso será apenas una pausa comprada con reservas.
El Gobierno tiene razón cuando afirma que Bolivia debe producir y exportar más. Se equivoca si presenta como solución la consecuencia momentánea de vender dólares. La estabilidad no consiste en hacer bajar la cotización durante algunos días, sino en construir una economía capaz de sostenerla sin racionamiento, contracción excesiva ni pérdida de reservas. El BCB ha movido el precio; falta que el Gobierno transforme los fundamentos. Solo entonces el boliviano dejará de depender de dólares prestados y comenzará a apoyarse en dólares producidos.

El autor es economista PhD, consultor internacional.

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