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Bolivia en la historia del Apolo 11

José E. Pradel B.

Aunque a primera vista la relación entre Bolivia y la exploración lunar pueda parecer insólita y fuera de contexto, existen antecedentes que permiten establecer un vínculo entre nuestro país y la primera misión espacial tripulada. En este artículo rescataremos esta historia completamente desconocida.
En este marco, es importante mencionar Chacaltaya, donde a 5.200 metros sobre el nivel del mar se encuentra el Laboratorio de Física Cósmica de la Universidad Mayor de San Andrés (UMSA). En ese sentido, desde este lugar de investigación inició una nueva especialidad denominada ‘Astronomía de la Radiación Gamma’, así como los “estudios de variación temporal de radiación cósmica de baja energía provocada por las explosiones solares”, destacó Alfredo Arce Carpio en la nota titulada “También desde Bolivia ayudamos a llegar a la Luna”, publicada en Presencia, el 22 de junio de 1969.
Al respecto, los estudios realizados en Chacaltaya permitieron determinar las direcciones de los rayos gamma mediante la elaboración de mapas que representaban su trayectoria y origen. Estos datos contribuyeron a una mejor comprensión de los riesgos que dicha radiación podía representar para los pilotos y tripulantes de las misiones espaciales, debido a que su exposición, al superar determinados niveles críticos, podía resultar perjudicial para el organismo.
Asimismo, Chacaltaya contribuyó indirectamente al estudio de la radiación cósmica de baja energía proveniente del Sol, cuyos efectos también constituían un aspecto de interés para la seguridad de las misiones espaciales.
En síntesis, sobre la labor desarrollada en dicho laboratorio, Arce Carpio detalló que “los estudios realizados en Chacaltaya sirven para determinar las formas más convenientes de lograr una seguridad a los viajeros espaciales”.
Mucho tiempo después, EL DIARIO, con un significativo titular anunciaba: “Ante la admiración mundial, el hombre pisó la Luna e inició una era”. De esta manera, el 21 de julio de 1969, Bolivia también contemplaba, con asombro, uno de los acontecimientos más trascendentales de la historia de la humanidad.
Pero la relación no terminaba allí. El domingo 3 de agosto de aquel mismo año, bajo el título “Apolo 11 tuvo aporte boliviano”, Reynaldo García y Jorge Carrasco destacaban la participación del ingeniero boliviano Hugo Villarroel, natural de Cochabamba, quien, especializado en instrumentación, contribuyó en dicha misión.
Al respecto, los periodistas resaltaron la responsabilidad de su trabajo: “…su labor es de gran responsabilidad. Una falla podría enviar al Saturno al fracaso y con él todo el prestigio de la NASA y de Estados Unidos”.
Así, detrás de la extraordinaria hazaña del Apolo 11 también encontramos una pequeña, pero significativa historia boliviana, las investigaciones sobre radiación cósmica realizadas desde las alturas de Chacaltaya y la participación de un ingeniero boliviano. Dos vínculos que permiten recordar que mientras el mundo contemplaba al hombre dar sus primeros pasos sobre la Luna, desde Bolivia también se contribuía de distintas maneras, al conocimiento y a la exploración del espacio.

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