La universidad, entendida como casa superior de estudios, es, según Joseph Ratzinger (Papa Benedicto XVI), el lugar donde se busca la verdad propia de la persona humana mediante la cooperación entre la docencia y la investigación. Por ende, no debe primar únicamente la capacitación técnico-profesional, sino la búsqueda de una verdad común que no esté basada exclusivamente en la experiencia empírica, que complemente el conocimiento con la metafísica y la filosofía, pues la interioridad humana no puede quedar ajena a la verdad. Siguiendo esta línea, Benedicto XVI, especifica que la universidad no puede ser una simple oferta centrada en proporcionar herramientas y habilidades operativas, sino que debe constituirse en un espacio privilegiado de intercambio de conocimientos y disciplinas del saber.
Surge entonces la pregunta: ¿la universidad del Siglo XXI está construyendo sabiduría en búsqueda de la verdad, no solo científica, sino también trascendente e integral? La respuesta es complicada, pues la ciencia en búsqueda de la verdad trascendente ha cedido su espacio a favor de lo lúdico, la anécdota y la ligereza intelectual. Este fenómeno, que ya es casi global, nace, sin lugar a duda, de la comercialización del conocimiento, donde la transformación de la transmisión del saber y de la experimentación científica ya no es vista como una prioridad. El resultado es el estancamiento intelectual de los estudiantes, la banalización del saber y serias desventajas en la hora de procesar la verdad y construir estructuras cognitivas. Lo lúdico reemplaza a la construcción lógica: pareciera que las distintas casas superiores de estudio priorizan mantener “contentos” a sus estudiantes antes que transmitir la verdad y la razón. Se forman habilidades antes que inculcar curiosidad intelectual, lo que simplifica la labor docente y mejora los réditos económicos de las instituciones, pero también transforma la mediocridad en habilidades mínimas sustentadas.
Al respecto, el reconocido y laureado filósofo surcoreano, Byung-Chul Han, sostiene que la universidad ya no es un ente donde el conocimiento surge y se transfiere, sino que se ha convertido, en los últimos años, en una empresa donde el catedrático es transformado en un vendedor de habilidades y los estudiantes en clientes con el derecho de evaluar a sus docentes, no en función del rendimiento o conocimiento, más bien de la amenidad y la poca exigencia de la clase. Las evaluaciones constantes también son parte del problema: no se evalúa el conocimiento profundo ni el pensamiento crítico, sino algunas habilidades que pueden ser útiles o no. Es decir, no importa si puedes pensar y reflexionar, lo importante es que puedas repetir sin cuestionar. Por ende, ya no se evalúa el saber, sino la habilidad para encajar en un mercado donde el que piensa no prospera.
Lastimosamente, el problema no radica solamente en la parte docente, pues una gran mayoría de los estudiantes de educación superior no lee. Un artículo del New York Times sostiene que un gran número de estudiantes universitarios carece de la disposición para leer textos extensos; la mayoría prefiere utilizar la inteligencia artificial para generar sus trabajos, textos e incluso sus trabajos de grado o tesis. Entonces, urge repensar la forma de titulación: la universidad no puede seguir sustentando un sistema que solo impone la automatización del pensamiento. La educación superior, por todo lo expuesto, debe cambiar y, a la vez, volver a sus raíces. Esto no implica necesariamente regresar al Siglo XVIII, sino, por el contrario, como señala el Papa León XIV en su encíclica Magnífica Humanidad, la educación en su conjunto debe enseñar a las nuevas generaciones cómo pensar frente a la tecnología, es decir, formar a los estudiantes en pensamiento crítico, con fundamentos epistemológicos claros y valores éticos bien cimentados.
La educación superior tiene el deber y la misión no solo de formar profesionales en habilidades puntuales, sino también de ser núcleo de conocimiento, incentivando el pensamiento crítico en los estudiantes y orientándolos a la búsqueda de la verdad, para que puedan convertirse en agentes de transformación de la sociedad, impulsando la solidaridad y la justicia social. La labor es ardua, es hora de empezar el camino.
El autor es teólogo, escritor y educador.
