La huelga de hambre, erosionó a la dictadura. Arrancó amnistía sin restricciones, a favor de los perseguidos políticos, en la década del 70 del siglo pasado. Aceleró el retorno del proceso democrático. Logró la reposición de las libertades sindicales. Exigía garantías para los participantes en la huelga. Pero se desgastó con el transcurso de los años. Ya nadie creía en esa medida extrema.
El bloqueo de caminos, en comparación, no hizo otra cosa que provocar muertos, perdidas económicas y el desencuentro. Cercos a las principales ciudades, con el afán de exterminar de hambre a sus habitantes. Devastó los supremos intereses nacionales. Con el devenir de los tiempos fue cuestionado y descalificado. Al extremo, que, ante el repudio ciudadano, pospusieron hasta nuevo aviso las medidas de presión que debían implementar, hace poco. Bloqueo es sinónimo de retroceso y postergación.
El bloqueo de 53 días, una de las medidas de presión de reciente data, ha indignado a la ciudadanía. Sus secuelas han herido de muerte a la Patria. Han truncado las expectativas de crecimiento, con desarrollo sostenible. Han ahuyentado a los inversores. Han dividido a los bolivianos. Al extremo que jóvenes migraron a otros países, en busca de un destino mejor. Los familiares de los fallecidos, en tales circunstancias, aún lloran la pérdida de sus seres queridos. Los empresarios hacen esfuerzos ante las pérdidas ocasionadas por la irracionalidad. Hoy, en consecuencia, son rechazadas las medidas radicales, vengan de donde vinieren. Sean de cualquier color político o tendencia ideológica.
La población exige, en este contexto, paz social para trabajar, producir y exportar, a fin de atraer dólares. Hoy es un tiempo diferente, al pasado caótico. Contamos con el acompañamiento de la comunidad internacional. El objetivo es salvar a Bolivia del desastre económico, perverso legado de los gobiernos de turno. Que llegue inversión extranjera que, como en otras partes del mundo, genera no solo empleo, sino desarrollo sostenible, a partir de capitales frescos. Que permita abaratar la canasta familiar.
La ciudadanía no puede estar supeditada a los caprichos e intereses de ciertos grupos intransigentes. Tampoco puede estar pendiente de lo que opinan o de las arengas que propalan desde sus reductos. En democracia pueden coincidir o disentir. Les permite el sistema de libertades. Aunque no les permite conspirar contra el esquema imperante. Tampoco empañar la imagen del país en el ámbito internacional. El destino patrio lo construyen los bolivianos y bolivianas que conforman una población de once millones de habitantes. Ese conjunto asumió y asumirá, ahora más que nunca, las decisiones de transformación nacional, redoblando esfuerzos, en unidad inquebrantable. De cara al futuro, sea quien fuere gobierno. El interés nacional se impondrá ante la radicalidad disociadora. Construirá puentes de encuentro.
En suma: que las medidas radicales, no destruyan el destino nacional. Dios bendiga a los bolivianos.
Medidas de presión
Severo Cruz Selaez
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