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Brasil: soberanía en disputa geopolítica

Miguel Azurduy Zurita

II

La influencia de Donald Trump introduce una variable adicional que difícilmente puede ser reducida a la política doméstica. Desde el regreso de Trump a la Casa Blanca en enero de 2025, Washington ha utilizado instrumentos comerciales, diplomáticos y judiciales para presionar al gobierno brasileño y defender posiciones favorables a Jair Bolsonaro. Las sanciones contra magistrados del Supremo y la imposición de aranceles han convertido una controversia esencialmente brasileña en un capítulo de la política hemisférica estadounidense. Flávio Bolsonaro ha intentado aprovechar esa circunstancia acusando a Lula de haber provocado el conflicto con Washington. El 28 de agosto afirmó que “Lula consiguió con sus agresiones y sus insultos que Estados Unidos sancionara a Brasil con aranceles adicionales”.
Lula, en cambio, ha presentado la presión estadounidense como evidencia de que Brasil necesita preservar su autonomía. Las dos narrativas son políticamente eficaces porque transforman una misma realidad, la presión de Washington, en dos argumentos opuestos: dependencia o soberanía.
La cuestión decisiva, sin embargo, se encuentra en otro lugar: en la capacidad de cada candidato para transformar una mayoría negativa en una mayoría de gobierno. La primera vuelta permitirá medir la fuerza de las identidades políticas; la segunda obligará a ambos contendientes a negociar con el Brasil que no se reconoce plenamente en ninguno de los dos campos. Allí aparecerán los electores moderados, los sectores empresariales, las clases medias urbanas y aquellos votantes que pueden rechazar simultáneamente el proyecto de Lula y el legado de Jair Bolsonaro. Las encuestas de septiembre, además, sugieren que la contienda podría llegar a ese momento prácticamente empatada.
Esto modifica la lógica de la campaña. Lula ya no puede confiar exclusivamente en la memoria de sus gobiernos anteriores ni en el temor que produce el retorno del bolsonarismo. Flávio, por su parte, no puede limitarse a representar el rechazo a Lula. Ambos tendrán que responder una pregunta mucho más difícil: ¿Cómo ejercerán el poder político una vez que termine la campaña?
Esa es, finalmente, la dimensión estratégica de la elección. Lula ofrece una concepción de Brasil como potencia autónoma, capaz de relacionarse simultáneamente con Estados Unidos, China, Europa y las economías emergentes, utilizando su escala económica, sus recursos naturales y su peso diplomático para ampliar su margen de negociación. Flávio Bolsonaro propone una redefinición conservadora del Estado y una relación potencialmente más estrecha con Washington, acompañada por una política económica menos intervencionista y una agenda de seguridad más contundente. Ninguna de las dos opciones es simplemente doméstica. En un sistema internacional cada vez menos tolerante con los países que intentan permanecer equidistantes, la política exterior se convierte inevitablemente en política interior.
Brasil tendrá que escoger, por tanto, no sólo entre dos presidentes, sino entre dos interpretaciones de su propio poder. La cuestión fundamental no será quién consiga ocupar el Palacio del Planalto el 1 de enero de 2027, sino quién consiga convertir el considerable peso material de Brasil en una estrategia política capaz de preservar su autonomía. Para una potencia de sus dimensiones, ésa es la diferencia entre participar en el equilibrio de poder y convertirse, una vez más, en objeto de las decisiones de otros.

El autor es sociólogo por la Universidad Autónoma Metropolitana, Ciudad de México.

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