Las contundentes declaraciones de Antonio Guterres, Secretario General de la ONU, han encendido todas las alarmas al advertir que el fenómeno climático El Niño ya no es una amenaza lejana, sino un visitante destructor que ha ingresado a nuestro hogar para avivar un planeta que ya se encontraba literalmente en llamas. Sus palabras, cargadas de crudeza y veracidad científica, señalan que estamos pisando un territorio absolutamente desconocido para la humanidad, donde las temperaturas del Pacífico ecuatorial han alcanzado niveles récord de hasta tres grados centígrados por encima de lo normal. Es un dato escalofriante que, combinado con el calentamiento global provocado por la actividad humana, desatará una cascada de eventos climáticos extremos en todos los rincones del mundo y en todos los continentes sin excepción.
La Organización Meteorológica Mundial ya ha pronosticado que para los próximos meses prácticamente, todas las zonas terrestres del planeta experimentarán condiciones muchos más cálidas de los que nuestros ecosistemas y nuestras sociedades están acostumbradas a soportar, por lo que este episodio de El Niño se perfila como el más intenso jamás registrado en la historia.
Si bien las advertencias globales son alarmantes, la realidad geográfica y climática obliga a poner el foco en un punto neurálgico que no puede permanecer ajeno a esta crisis, y es que la Amazonía y la región Andina boliviana, se convierten en un epicentro de máxima vulnerabilidad frente a la embestida de este fenómeno natural magnificado por el cambio climático. La Amazonía, considerada el pulmón del planeta, ya ha sufrido en años recientes devastadoras sequías e incendios forestales que han arrasado millones de hectáreas de bosque. Y la llegada de un El Niño de tal magnitud agravará dramáticamente el déficit hídrico, convirtiendo la exuberante selva en una gigantesca yesca lista para arder ante la más mínima chispa, lo que no solo pone en riesgo la biodiversidad más rica del mundo, sino que amenaza directamente a las comunidades nativas que han habitado esas tierras ancestrales durante siglos.
Para Bolivia, este escenario representa un desafío titánico que exige pasar de la simple observación a la acción concreta y urgente, pues nuestro territorio, con su marcada diversidad ecológica que abarca desde las cumbres altiplánicas hasta las llanuras amazónicas y chaqueñas, enfrenta un doble impacto, ya que mientras nuestra Amazonía se prepara para una temporada de incendios sin precedentes, el altiplano y los valles sufrirán los embates de una sequía prolongada que comprometerá los cultivos, la seguridad alimentaria y el abastecimiento de agua potable en las ciudades y comunidades del área rural.
No se puede esperar a que las llamas aparezcan en el horizonte para reaccionar, porque para entonces el daño será irreversible y la capacidad de control será insuficiente, por lo que las autoridades nacionales, departamentales y municipales, en coordinación con los organismos especializados, los municipios y las comunidades en cada rincón del país, deben implementar con urgencia planes de contingencia robustos, movilizar brigadas forestales perfectamente equipadas, desplegar sistemas de monitoreo satelital en tiempo real y establecer puntos de abastecimiento de agua que permitan una respuesta rápida y efectiva ante cualquier eventualidad.
Nuestra Amazonía no puede ser dejada a su suerte, ya que su supervivencia es sinónimo de supervivencia para el clima mundial y para el medio ambiente boliviano, y frente a un planeta que, según las alarmantes proyecciones de la ONU, avanza a toda máquina hacia una crisis climática sin marcha atrás, la preparación meticulosa y anticipada es la única herramienta que tenemos para mitigar los estragos de este golpe climático que será devastador.
No es momento de discursos vacíos ni de promesas políticas, sino de una movilización estatal y social sin precedentes que incluya campañas de concientización ciudadana, la creación de cortafuegos estratégicos y la asignación de un presupuesto de emergencia que garantice los recursos humanos y materiales necesarios para defender los bosques y la vida de los bolivianos que habitan en las zonas que se vean afectadas. Porque ante la declaración del Secretario General de la ONU sobre este “Terreno desconocido”, la única certeza que nos queda es que la inacción nos puede costar muy caro y que el tiempo de preparación se agota minuto a minuto, mientras el planeta continúa ardiendo sin piedad.
El autor es Abogado e Investigador.
