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Es tiempo de gobernar

Ronald Nostas Ardaya

El gobierno de Rodrigo Paz es producto de una decisión popular sólida, clara e incuestionable. Fue el dictamen de un país que determinó dejar atrás un modelo que había distorsionado la institucionalidad democrática y se había construido sobre la mentira, la ineficiencia y la falta de ética en la función pública.
Ese resultado le otorgó al Presidente un mandato excepcional y una responsabilidad histórica. Los bolivianos votaron por una nueva forma de ejercer el poder, la reconstrucción del pacto social, la recuperación de la institucionalidad y una conducción capaz de revertir una crisis económica sin precedentes.
El nuevo gobierno comenzó con respaldo ciudadano, empresarial e internacional, y prácticamente sin oposición. Incluso los partidos derrotados mostraban disposición a acompañar el nuevo ciclo, mientras las estructuras vinculadas al masismo se habían desbandado.
Pero ese contexto no podía ser permanente. Los intereses desplazados del poder reaccionaron desde el primer día. Bloqueos, protestas, campañas de desprestigio y acciones destinadas a desgastar al gobierno comenzaron a formar parte del escenario político. Paralelamente, el país descubrió la magnitud de problemas ocultos durante años: delincuencia, narcotráfico, contrabando y penetración del delito en las instituciones.
Sin embargo, a nueve meses de gestión, sería un error atribuir las dificultades exclusivamente a la herencia recibida o a la acción de los adversarios. El principal problema del gobierno está comenzando a ser interno.
El gobierno no ha conseguido conformar un equipo sólido y estable. Diez cambios de ministros en nueve meses evidencian inestabilidad y dificultades para consolidar una dirección coherente. El aislamiento del Ejecutivo es cada vez más evidente y no se percibe voluntad clara para construir un acuerdo nacional.
Más preocupante todavía es que la administración pública continúa funcionando con los vicios heredados. La burocracia, la ineficiencia y la corrupción no desaparecieron, en parte por la permanencia de funcionarios vinculados al modelo anterior. Mientras la gestión continúa entrampada, la comunicación gubernamental fracasa y las iniciativas políticas se desperdician por la incoherencia y los escándalos.
Los problemas estructurales, cambios de discurso, lógica electoral, escándalos de corrupción, sobreexposición presidencial, improvisación y escasa disposición a escuchar voces distintas están deteriorando algo mucho más difícil de recuperar: la credibilidad.
Un gobierno puede equivocarse y rectificar. Puede enfrentar dificultades y pedir sacrificios. Lo que no puede hacer indefinidamente es transmitir incertidumbre sobre su rumbo. Activismo no es gestión. Anunciar no es ejecutar. Prometer no es transformar. Gobernar no consiste en administrar urgencias, sino en tomar decisiones, establecer prioridades y conducir al país hacia un objetivo reconocible.
Existe, además, un riesgo mayor que la propia ingobernabilidad. Las fuerzas radicales de izquierda están comenzando a rearticularse. Dirigentes que recuperan protagonismo, mensajeros que reaparecen y miles de replicadores en redes sociales configuran un aparato de desgaste que busca destruir lo avanzado y la esperanza de un cambio real.
El presidente Paz debe asumir la responsabilidad que recibió. El gobierno debe despojarse de visiones parciales y construir un acuerdo político y económico nacional para convertir el diálogo en decisiones concretas. Es urgente resolver el problema de los combustibles, aunque implique costos políticos; restablecer la autoridad del Estado; acelerar las leyes estratégicas y desmontar las trabas que paralizan la administración pública.
Los ciudadanos pueden aceptar sacrificios cuando entienden para qué sirven y perciben un rumbo. Lo que genera frustración no es la persistencia de la crisis, sino la sensación de que nadie conduce. La sociedad espera resultados y respuestas a su mandato.
Ya no es momento de las cosas pequeñas. Está en juego mucho más que la estabilidad de una administración. Está en juego el futuro. La oportunidad existe. Lo que falta es actuar con celeridad, coherencia, autoridad y transparencia ante la gravedad del momento.

El autor es Industrial y ex Presidente de la Confederación de Empresarios Privados de Bolivia.

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