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Ineficiencia técnica y corrupción ética

El reconocido filósofo y pensador boliviano, H. C. F. Mansilla, expresaba hace pocos días, su preocupación respecto al gobierno de Rodrigo Paz, al que calificaba de «extremadamente ineficiente en el plano técnico y extremadamente corrupto en el plano ético». A la luz de los últimos acontecimientos que atraviesa el país —desde las enormes filas por gasolina y diésel hasta los indicios de actos de corrupción a escalas insospechadas, pasando incluso por asesinatos cometidos en plena vía pública—, las afirmaciones de Mansilla adquieren una particular claridad y contundencia. Más allá de las simpatías o antipatías políticas, resulta difícil ignorar que la realidad cotidiana parece ofrecer argumentos suficientes para cuestionar la capacidad de gestión y la integridad de quienes tienen bajo su responsabilidad la conducción del Estado.
El problema, lastimosamente, no radica únicamente en la inoperancia técnica del Gobierno ni en su descarada desafección por las normas éticas; radica, principalmente, en la falta de una verdadera visión de país por parte de la población. Una parte importante de la sociedad boliviana prefiere permanecer encadenada al populismo y al discurso fácil antes que asumir el desafío de dar un salto definitivo hacia el Siglo XXI. Se prefiere a un líder que ofrezca protección y reconocimiento identitario, aun cuando carezca de programas y proyectos capaces de transformar estructuralmente la realidad, pero que, al mismo tiempo, no obligue a abandonar la zona de confort. De este modo, el ayni y la minka continúan siendo presentados como pilares incuestionables, incluso cuando resulta evidente que, por sí solos, ya no responden a las exigencias económicas, sociales y tecnológicas de una sociedad contemporánea.
Bolivia continúa encadenada a la mediocridad y a la corrupción; únicamente cambiamos de siglas y de apariencia, sin modificar una esencia profundamente contaminada por el prevaricato y la violencia.
El gobierno de Rodrigo Paz no constituye más que un síntoma de una sociedad que, en buena medida, prefiere mendigar antes que innovar. Ahora bien, convengamos en que estos primeros meses del nuevo Gobierno han sido desastrosos y vergonzosos, plagados de discursos incoherentes, vacíos y deshonestos. Pareciera que la vocación de servicio en nuestra clase política existe únicamente de boca para afuera.
El verdadero drama boliviano, por tanto, no se encuentra únicamente en la existencia de gobiernos ineficientes o de funcionarios corruptos. El problema es mucho más profundo: se encuentra en una cultura política que, durante décadas, ha permitido que la improvisación sea confundida con capacidad, que el clientelismo sea presentado como justicia social y que el asistencialismo sea utilizado como sustituto de políticas públicas sostenibles. Una sociedad acostumbrada a recibir soluciones inmediatas difícilmente exigirá reformas profundas; y una clase política acostumbrada a satisfacer demandas coyunturales difícilmente asumirá el costo de construir un proyecto nacional de largo plazo. Mientras esta relación perversa entre gobernantes y gobernados permanezca intacta, cualquier cambio de partido o de sigla será apenas cosmético.
Nuestra política mentirosa, lastimosamente, ha sido tierra fértil para aquello que es técnicamente ineficiente y éticamente deficiente. Cambiar la tierra para un nuevo cultivo resulta sumamente dificultoso, casi utópico; aun así, resulta imperioso intentarlo. Bolivia necesita abandonar la lógica de la improvisación, recuperar el valor de la responsabilidad individual y colectiva, y comprender que ningún país puede desarrollarse sobre la base permanente de la confrontación, la corrupción y el paternalismo estatal. De lo contrario, seguiremos cambiando gobiernos sin cambiar la realidad, sustituyendo nombres sin transformar las estructuras y renovando discursos sin modificar las prácticas.
El desafío no consiste únicamente en encontrar nuevos líderes, sino en construir una sociedad capaz de exigirles eficiencia, honestidad y visión de futuro. Mientras Bolivia continúe premiando la mediocridad, tolerando la corrupción y confundiendo el populismo con justicia, cualquier proyecto de transformación estará condenado a fracasar. La verdadera revolución pendiente no es la de las siglas políticas, sino la de la conciencia ciudadana. De lo contrario, seguiremos viviendo, indefinidamente, en esta distopía llamada Bolivia.

El autor es teólogo, escritor y educador.

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