Ya son más de 6 meses de gestión gubernamental, en los que parece que ni el presidente y mucho menos su gabinete, entienden cuáles son los cambios estructurales necesarios a ser realizados para salvar a Bolivia. No estamos en una etapa histórica sencilla, sino en una compleja, en la cual se debe tomar decisiones firmes con el objetivo de preservar la soberanía y el bienestar de la nación. Ignorar los problemas estructurales y seguir en un modelo en el que la mafia sindical sigue al mando de la nación es un craso error. De igual forma, en el apartado económico, las acciones tomadas han sido irrelevantes, lo que puede llevarnos a un incremento de la crisis considerable en los siguientes meses.
Para colmo, nuestra soberanía está en peligro por la presencia de grupos cubanos y chavistas que siguen operando con libertad en el Estado. De igual forma, discursos regionalistas, indigenistas y de odio se han popularizado, debilitando la cohesión y la unidad nacional, algo que no se debe permitir. En cualquier país serio, los propulsores de dichos discursos serían juzgados de manera ejemplar.
Otro apartado en el que el Gobierno está dando lástima es en su relación con los otros niveles del Estado, pues los demás poderes e instituciones estatales parecen estar imponiendo sus deseos frente al Gobierno Central. De igual forma, lo mismo pasa en el ámbito político; no solo Evo Morales parece intocable, sino que Doria Medina y Quiroga se dan el lujo de poner al Gobierno contra las cuerdas sin entender lo importante que es la gobernabilidad y que en Bolivia hoy se actúe de manera firme frente a las múltiples amenazas a su soberanía y porvenir.
En síntesis, estamos frente a un Gobierno débil que, lejos de solucionar la crisis, parece incrementarla y no se puede seguir esperando más tiempo para que se aplique un cambio de rumbo. Lo primero para mostrar una cara diferente es un reordenamiento en el gabinete y, lo segundo y más importante, poner orden, no solo ante el caos social, sino ante el caos administrativo y político. Ya basta de que el Gobierno dé lástima en la hora de gobernar; de una vez por todas debe mostrarse firme para así llevar a cabo las tareas de estabilización económica y política; de lo contrario, será muy tarde.
O Rodrigo Paz, de una vez por todas, toma acciones ejemplares contra el terrorismo sindical, o los próximos bloqueos causarán su renuncia y no habrá Copa del Mundo para salvarlo. O el Gobierno empieza a hacerse respetar por sus aliados y opositores políticos, o cuando menos lo espere le “darán una puñalada por la espalda” para asegurar sus intereses personales. O de una vez por todas empiezan a imponer la necesidad de estabilizar Bolivia frente a deseos sectoriales o departamentales, o para el fin de la gestión de Rodrigo Paz el país estará totalmente dividido y en un caos económico monstruoso.
En tiempos de crisis o son construidos consensos sólidos para salvar a Bolivia (algo que parece haber fracasado por la mediocre clase política) o se actúa de manera firme con la única intención de preservar el bienestar de Bolivia y sus habitantes, que es lo más sagrado que tenemos. O se entiende que para salvar a Bolivia se deben asumir ciertos costos sociales, o sino nuestro país tristemente terminará en una situación de quiebra y anarquía total.
Lo que más me preocupa es que ningún miembro de la clase política actual tiene la firmeza, la visión y la determinación para salvar a nuestro país. A diferencia de otros períodos históricos, hoy la clase política boliviana no está a la altura para responder a las necesidades de Bolivia, por lo que, si su fracaso sigue siendo constante, es una obligación de los bolivianos y las organizaciones a favor de la bolivianidad reemplazarlos y así asumir el rol de “salvar” a nuestra nación.
