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Perú y Chile miran al futuro, Bolivia sigue viviendo de la nostalgia del Cerro Rico

Raúl Palza Zeballos

La cordillera de los Andes constituye una de las mayores áreas metalogénicas del planeta. A lo largo de miles de kilómetros alberga inmensas reservas de cobre, plata, zinc, oro, estaño, molibdeno, litio y otros minerales estratégicos que hoy se han convertido en el motor de la transición energética y del desarrollo tecnológico mundial.

La naturaleza fue generosa con Chile, Perú y Bolivia. Compartimos la misma cordillera y un extraordinario potencial geológico. Sin embargo, mientras nuestros vecinos transformaron esa riqueza en una política de Estado, Bolivia continúa desaprovechando buena parte de sus inmensos recursos minerales.

Chile comprendió hace décadas que la minería debía convertirse en el eje de su estrategia de desarrollo. La estabilidad jurídica, la apertura a la inversión, la incorporación de tecnología y una permanente política de exploración le permitieron consolidarse como el principal productor mundial de cobre.

Perú siguió un camino similar. Más allá de los cambios políticos, mantuvo una visión estratégica que fortaleció la exploración minera, atrajo importantes inversiones y convirtió al país en uno de los mayores productores de cobre, plata, zinc y oro del mundo, generando miles de empleos y significativos ingresos fiscales.

Bolivia, en cambio, parece seguir contemplando con nostalgia el esplendor del Cerro Rico de Potosí. Nadie discute que aquel coloso marcó la historia económica del continente y alimentó durante siglos las arcas del Imperio español. Sin embargo, un país no puede construir su futuro viviendo únicamente de las glorias de su pasado.

Un experimentado ingeniero de minas solía decir que a Potosí «apenas se le hizo un arañazo». La frase resume una realidad que pocas veces se quiere reconocer: Bolivia continúa siendo uno de los países menos explorados geológicamente de Sudamérica. Gran parte de nuestro territorio permanece sin una prospección sistemática utilizando las tecnologías que hoy emplea la minería moderna.

Las oportunidades están a la vista. El Salar de Uyuni alberga una de las mayores reservas de litio del planeta, recurso estratégico para la fabricación de baterías, vehículos eléctricos y sistemas de almacenamiento de energía. A ello se suman importantes reservas de zinc, plata, oro, estaño, tierras raras y otros minerales críticos cuya demanda crecerá sostenidamente durante las próximas décadas.

Pero la riqueza mineral, por sí sola, no genera desarrollo. Lo que produce prosperidad es la capacidad de transformarla mediante instituciones sólidas, seguridad jurídica, inversión, innovación tecnológica, industrialización y una gestión ambiental responsable.

Durante muchos años Bolivia ha privilegiado el debate ideológico por encima de una verdadera planificación estratégica del sector minero. La incertidumbre normativa, la limitada exploración, la excesiva burocracia y la ausencia de reglas claras han reducido la competitividad del país frente a nuestros vecinos, que avanzan con mayor dinamismo en la captación de inversiones y el descubrimiento de nuevos yacimientos.

El mundo atraviesa una nueva fiebre por los minerales críticos. La transición energética, la electromovilidad, la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías demandarán cantidades crecientes de cobre, litio, plata y otros recursos que Bolivia posee en abundancia. Esta coyuntura representa una oportunidad histórica que difícilmente volverá a repetirse con la misma intensidad.

No obstante, las oportunidades también tienen fecha de vencimiento. Mientras otros países fortalecen su institucionalidad minera y aceleran sus programas de exploración, Bolivia corre el riesgo de seguir observando desde la tribuna cómo sus vecinos consolidan un liderazgo que perfectamente podríamos compartir.

La hora de las decisiones ha llegado. Resulta impostergable que el Gobierno impulse y promulgue una nueva Ley de Minería, moderna, competitiva y consensuada, que otorgue seguridad jurídica, incentive la exploración, promueva la inversión responsable, incorpore tecnología de punta y garantice una explotación sostenible de nuestros recursos naturales. Bolivia no puede seguir rezagada mientras Perú y Chile consolidan su liderazgo minero y aprovechan la creciente demanda mundial de minerales estratégicos.

La riqueza mineral de nuestro país constituye una ventaja comparativa excepcional, pero solo una visión de Estado podrá convertirla en una verdadera ventaja competitiva. Es tiempo de abandonar la nostalgia del Cerro Rico de Potosí y escribir un nuevo capítulo en la historia minera nacional. La cordillera de los Andes sigue ofreciendo a Bolivia un potencial extraordinario; lo que falta no son recursos, sino decisiones. El futuro no espera a los países que dudan, sino a aquellos que tienen la determinación de transformar sus riquezas naturales en desarrollo, empleo, industrialización y prosperidad para las próximas generaciones.

 

El autor es diplomático de carrera y politólogo.

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