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La ciencia encontró a la IA

Abraham Coaquira Huancollo

La producción académica nunca ha sido una actividad estática, pero en las últimas décadas ha experimentado una mutación de tal magnitud que difícilmente puede reconocerse en los procedimientos que regían la investigación apenas medio siglo atrás. Esta transformación no es solo una cuestión de herramientas o de formatos, sino de la naturaleza misma de lo que significa investigar, publicar y comunicar conocimiento.
El primer gran cambio tiene que ver con el paso de una producción artesanal a una producción sistematizada y tecnificada. Umberto Eco documenta una realidad donde la “labor manual” de pasar el texto a máquina era una etapa separada de la creación conceptual. Carlos Sabino sitúa el punto de inflexión en la aparición de las computadoras personales y en la creación de internet. La información dejó de estar dispersa para concentrarse en gigantescas bases de datos. Valdez Garza señala que la automatización editorial ha exigido una profesionalización constante. Los ciclos de producción se han acortado, y la ciencia opera en una lógica de inmediatez.
El segundo gran cambio está relacionado con la normalización de los formatos. Lahera Martínez documenta cómo las publicaciones científicas adoptaron el formato (Introducción, Metodología, Resultados y Discusión – IMRyD). Esta estandarización fue una respuesta a la necesidad de hacer la ciencia más comunicable y verificable. Ortega Fernández añade que el cumplimiento de normas internacionales se convirtió en un factor determinante de la calidad científica. Un título que no se ajustará a estos estándares corría el riesgo de no ser recuperado por los sistemas de indización.
Este proceso de normalización ha tenido una consecuencia decisiva: ha hecho posible que la producción académica sea procesable por máquinas. La adopción de formatos predecibles, la asignación de metadatos y la estructuración del texto han creado las condiciones para que los algoritmos analicen la producción científica a gran escala. La producción académica ya no es solo texto; es datos estructurados.
Un tercer cambio es la transformación de la visibilidad como criterio de validación. Maz-Machado documenta cómo la integración de bases de datos regionales en plataformas globales ha permitido que la producción latinoamericana alcance visibilidad internacional. Ramos Galarza advierte que la longitud del título influye en la probabilidad de publicación en revistas de alto impacto.
Este escenario ha generado una tensión. Por un lado, las herramientas tecnológicas ofrecen posibilidades antes impensables. Por otro, la facilidad de acceso ha creado nuevas formas de mala praxis. Corredor y Romero identifican la transformación de internet en «tabla de salvación» que sustituye el proceso reflexivo por copiar y pegar, anticipando los debates sobre el uso de la inteligencia artificial (IA).
La transformación implica también una reconfiguración de la autoría. Ramírez documenta la sustitución del científico individual por el grupo de investigación jerarquizado. El tránsito de la metodología a la tecnología, que Padrón identifica, es otro aspecto fundamental: la investigación ya no se concibe como aplicación de reglas, sino como un proceso que integra sistemas prácticos. González-Alcaide señala que el «online-first» permite la publicación inmediata, generando presión por la rapidez.
Olave-Arias sitúa el cambio en la sociedad de la información, donde el valor del conocimiento reside en su aplicabilidad. Leyva Vázquez sostiene que el artículo científico se ha convertido en la tipología documental privilegiada, desplazando a los libros y monografías.
Por último, esta transformación ha planteado desafíos éticos. La facilidad para generar textos formalmente impecables difumina la distinción entre producción auténtica y simulación. La IA no es una ruptura, sino la continuación de una tendencia gestada desde la digitalización. Puede procesar información, pero no puede sustituir el juicio crítico. La transformación ha creado condiciones para que la IA sea útil; pero sigue siendo el investigador quien debe decidir.

El autor es Profesional de Turismo y Relaciones Internacionales.

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