Bolivia atraviesa una situación complicada. Con bolsillos vacíos, hecho que le impide adquirir combustibles. Con los recursos gasíferos agotados y la probabilidad de importar dicho producto. Con empresas estatales deficitarias, salvo algunas que generaron divisas. Con una exagerada planta burocrática, que succiona lo poco que le queda. Con elevados índices de desempleo, que aumentan el número de informales. Con la corrupción institucionalizada, que ha desviado fondos fiscales a cuentas particulares.
Esa realidad desastrosa fue el legado, de los gobiernos de turno. No ha sido provocada por quienes actualmente timonean la nave del Estado. Ellos recibieron la “papa caliente”, pensando que la cosa era fácil. Pero el asunto se tornó difícil y complicado. No fue sencillo revertir esos hechos, en apenas seis meses de gobierno. Y en medio de la incomprensión e intolerancia de quienes fueron desplazados. Hechos que tenían una data de más de 20 años. Donde intervinieron grandes grupos empresariales. Grupos que fueron constituidos, a la sombra del Poder omnímodo.
Mientras los pobres se ilusionaban con discursos y promesas de ciertos mitómanos. Y recuerdan aún, ingenuamente: “con tal gobierno había de todo”. Obviamente que había de todo, porque Bolivia vivía el auge del gas. E inclusive celebraba la bonanza económica. Hoy tal cosa ya no hay. Aunque retornen los gobiernos de turno, estaremos en las mismas o en peores condiciones. La adversidad se apoderó del destino nacional, porque no cuenta con billetes verdes. Acá nadie tiene varita mágica, para revertir la adversidad nacional.
El pueblo boliviano no exige que se vaya el Gobierno, sino soluciones ante la calamitosa situación que le dejaron. Realidad que refleja la poca seriedad, de las anteriores gestiones gubernamentales. La exigencia tiene su asidero, pero que no caiga en la intolerancia. Ni en discursos de plazoleta ni en actitudes demagógicas. Los problemas serán resueltos, en consonancia con la unidad nacional. Con el esfuerzo y la comprensión de más de once millones de bolivianos. Acá nadie puede arrogarse la representación de ellos. Sería una locura hablar en nombre de esa población. No exige que se vaya, porque es el resultado de las urnas.
La mayoría ciudadana votó a favor de su fórmula presidencial. Lo hicieron en un momento de reflexión y decisión electoral. No hubo presión. Todos votaron voluntariamente en ciudades y el agro. Habría que darle una oportunidad al nuevo gobierno, para que se desarrolle en su papel específico. Existen, claro que sí, elementos, que manifiestan cierto trastorno, al exigir que se vaya.
El pueblo boliviano no exige retroceso democrático, sino la profundización del sistema de libertades. No pretende jugar con la democracia, sino consolidarla ante la historia. No permitirá que sea zarandeado el ejecutivo, como en tiempos de la dictadura. Ha derramado sangre y ofrendado vidas por la democracia, hace aproximadamente 40 años.
En suma: aún tenemos tiempo para reflexionar y apoyar a la Patria en su justa causa.
Con bolsillos vacíos
Severo Cruz Selaez
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