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Fragmentados y territorializados

Antonio Vargas Ríos

El problema no era la fragmentación. Era la ausencia de un principio que la ordene. Los resultados del balotaje no modifican ese cuadro. Lo visibilizan completamente.
Hoy, ese vacío comienza a llenarse. Pero no desde un centro, sino desde los territorios.
Bolivia ha dejado de ser un sistema articulado alrededor de un eje de poder. Lo que antes funcionaba –con tensiones, pero con dirección– como una estructura relativamente coherente, hoy aparece como un conjunto disperso de fuerzas que operan desde sus propios espacios, sin una lógica común que las integre.
Los resultados de las elecciones subnacionales no hacen más que terminar de confirmar ese tránsito. La hegemonía que durante años organizó el campo político ha dado paso a una atomización profunda. Gobernaciones sin mayorías claras, asambleas fragmentadas, concejos municipales divididos y una proliferación de siglas que no responden a ninguna organización nacional, sino a dinámicas estrictamente locales.
El punto no es solo la fragmentación. Es lo que empieza a construirse sobre ella.
Cuando no existe un principio que ordene el conjunto, cada actor ocupa el espacio que puede. Cada liderazgo se afirma en su territorio. Cada decisión se negocia desde posiciones parciales. El resultado no es simplemente dispersión, sino otra forma de organización del poder, una territorialización creciente que redefine la política.
Ya no se gobierna desde un centro que irradia hacia las partes. Se gestiona desde múltiples núcleos que negocian entre sí. Gobernadores y alcaldes obligados a pactar cada regulación, cada presupuesto, cada nombramiento. El pactismo deja de ser una excepción y se convierte en condición permanente de gobierno. Incluso en espacios clave, como Cochabamba, donde la fractura entre poder rural y urbano anticipa tensiones muy complicadas de articular en una sola dirección.
El poder no ha desaparecido. Se ha redistribuido.
Pero esa redistribución tiene precio. La toma de decisiones se vuelve más lenta, más transaccional, más incierta. La ejecución de políticas públicas pierde continuidad. La responsabilidad se diluye y con ella la rendición de cuentas. Así, es más difícil construir una imagen común de país.
A esto se suma un límite estructural: un gobierno central con menor capacidad de maniobra frente a una constelación de fuerzas locales pequeñas, fragmentadas y sin incentivos para articular un proyecto nacional de largo plazo. Cada actor defiende su espacio. Pocos construyen más allá de él.
No es la primera vez que Bolivia enfrenta algo así. La desaparición de los grandes partidos nacionales dejó como herencia un pactismo que, con el tiempo, terminó validando el transfugio, la corrupción y el prebendalismo. No como desviaciones, sino como formas de funcionamiento.
Hoy, bajo nuevas condiciones, ese riesgo reaparece. No como repetición mecánica, sino como posibilidad latente: el retorno a lo mismo.
Con esa imagen, no hay dirección. Solo administración.
La fragmentación describía un problema. La territorialización revela transformación.
Porque cuando el poder deja de organizarse alrededor de un centro y empieza a anclarse en territorios, lo que está en juego ya no es solo la gobernabilidad inmediata. Es la posibilidad misma de construir un proyecto nacional.
Y cuando eso no existe, la política no se detiene.
Se repliega. Se divide. Se adapta.
Pero también pierde algo esencial, la capacidad de ordenar la realidad como un todo.
Bolivia sigue funcionando. Las decisiones son tomadas, los gobiernos avanzan, las instituciones operan. Pero lo hacen sin un principio que articule el conjunto.
Y un país que ya no se organiza, sino que reparte, no entra en crisis de inmediato.
Cambia de forma.
Y no siempre hacia una más gobernable.

El autor es expresidente de la Asociación de Periodistas de La Paz, docente universitario, analista político.

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