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Entre la realidad, la percepción y el Estado de derecho

Marcelo Miranda Loayza

Hablar de realidad en Bolivia es, ante todo, hablar de percepciones. No existe una sola Bolivia, homogénea y compartida, sino múltiples bolivias que coexisten, se rozan, se ignoran y, en muchos casos, se contradicen. La experiencia cotidiana de una familia en una comunidad rural del altiplano no guarda similitud alguna con la de una familia acomodada de la zona sur de La Paz o de Equipetrol en Santa Cruz. Ante esta evidencia, surge una pregunta incómoda pero necesaria: ¿cambia la realidad o cambia nuestra forma de percibirla?
El filósofo alemán, Markus Gabriel, en su provocador libro “Por qué el mundo no existe”, sostiene que no hay una realidad total, única y cerrada que pueda abarcarlo todo. Lo que existe, afirma, son múltiples “campos de sentido”, es decir, ámbitos en los que las cosas adquieren significado dependiendo del contexto, la experiencia y la interpretación. No hay “el mundo” como una totalidad unificada, sino realidades parciales que no necesariamente encajan entre sí.
Esta tesis resulta particularmente útil para comprender la complejidad boliviana. Pretender que todos los ciudadanos compartan una misma percepción del país es ignorar que cada grupo social vive en un campo de sentido distinto. La pobreza, la riqueza, la identidad cultural, la religión o la política no son experimentadas de la misma manera en todos los territorios ni en todas las clases sociales. Bolivia no es una sola narrativa, sino una superposición de relatos.
El problema surge cuando se intenta imponer una de estas percepciones como si fuera la única válida. Construir una “visión país” desde una sola experiencia histórica o cultural no sólo es un error teórico, sino una falla política grave; el resultado inevitable es la exclusión de quienes no se reconocen en esa narrativa dominante. En este punto, la experiencia del Movimiento al Socialismo es ilustrativa. Por su afán de consolidar un proyecto político, utilizó la idea de la pluralidad como un recurso discursivo que, paradójicamente, derivó en una forma de homogeneización andino-centrista. Bajo el discurso de la inclusión, se terminó imponiendo una visión cultural y simbólica que no representaba a la totalidad del país.
Lejos de fortalecer los cimientos de la patria, esta imposición resquebrajó aún más la ya frágil idea de unidad nacional, pues, cuando una visión se impone por la fuerza, lo que genera no es adhesión, sino rechazo, vergüenza y desencanto. La pluralidad no puede ser un pretexto para la hegemonía, ni la identidad un instrumento de dominación. Siguiendo a Markus Gabriel, podríamos afirmar que Bolivia no es una realidad única, sino un conjunto de realidades que convergen sin integrarse plenamente; esto no significa que vivamos en el caos o en la ausencia de normas, sino que la diversidad de percepciones no puede reducirse a un solo marco interpretativo. Ahora bien, aceptar la multiplicidad de realidades no implica renunciar a un orden común. Todas estas realidades deben responder a una ley única: el Estado de Derecho. La ley, y no una identidad cultural específica, debe ser el único nervio central que articule la convivencia nacional. Sin ley, la pluralidad se convierte en fragmentación; con ley, puede transformarse en coexistencia pacífica.
El Estado, por tanto, no debe imponer una forma de vida, una cosmovisión o una identidad, sino garantizar que cada individualidad pueda prosperar dentro de un marco jurídico común. La intervención excesiva del Estado en las esferas culturales, económicas o simbólicas termina asfixiando la diversidad que dice defender; sin embargo, incluso el respeto a la ley no garantiza una visión única de país. Las percepciones seguirán siendo distintas, los sentidos de pertenencia también. Para muchos grupos sociales, Bolivia es una noción abstracta, distante o incluso inexistente. Esta no es una anomalía, sino una consecuencia natural de la multiplicidad de realidades.
La pregunta entonces no es cómo forzar una identidad común, sino cómo convivir sin ella. Markus Gabriel nos invita a abandonar la obsesión por totalidades inexistentes. Pretender una Bolivia total, cerrada y definitiva es caer en una ficción peligrosa; universalizar las realidades políticas, sociales, económicas y religiosas del país sería un acto de violencia simbólica. Los últimos veinte años demostraron que confundir pluralidad con superioridad moral o étnica conduce al autoritarismo.
Para construir una idea básica de país, quizá debamos comenzar por aceptar que ese país, tal como lo imaginamos, no existe. Bolivia no existe como una esencia única, pero sí como una realidad latente, en permanente construcción. Esta paradoja no es una debilidad, sino una oportunidad; en esa tensión entre existencia y no existencia se abre la posibilidad de un justo medio. Un país que no se funda ni en el chauvinismo de creerse superior ni en el pesimismo derrotista que nos condena al fracaso eterno. Un país consciente de sus límites y de sus diferencias.
Aceptar que Bolivia no existe en un sentido absoluto, nos obliga a dialogar, a negociar sentidos, a convivir con la incomodidad de no tener respuestas definitivas. Nos obliga, en suma, a madurar como sociedad. Solo cuando renunciemos a la fantasía de una Bolivia única, pura y cerrada, podremos comenzar a construir una Bolivia real; una Bolivia imperfecta, diversa, legalmente articulada y abierta al disenso. Paradójicamente, si entendiéramos que Bolivia no existe, recién entonces comenzaría a existir.

El autor es teólogo, escritor y educador.

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