Más allá de la controversia política, lo innegable es que la persecución cristiana es una realidad brutal que exige atención urgente. Miles de cristianos en el mundo atraviesan un calvario silencioso o invisibilizado, pues la mayor parte de los medios de comunicación del mundo, por cuestiones políticas, cubren solamente otras persecuciones o injusticias perpetradas, que ciertamente no son menores, pero que tampoco son las únicas.
Desde hace milenios la iglesia cristiana enfrenta persecución y hostigamiento, tanto religioso como político, los cuales no se visibilizan debido a que la prensa y los políticos de izquierdas tienden a ver la paja en el ojo ajeno, es decir, a criticar las cosas malas sin valorar las buenas cosas. Es indudable que en dos mil años la Iglesia perpetró actos ominosos y que estuvo envuelta en escabrosos casos, pero no lo es menos que con caridad y sentido de servició sirvió a naciones enteras o a comunidades pequeñas con entrega y amor.
En un planeta saturado de información, donde las injusticias de cualquier rincón del planeta suelen generar una oleada instantánea de condena y cobertura mediática, existe un sufrimiento persistente que permanece en gran medida silenciado: la persecución de los cristianos. Muy pocos titulares de los grandes medios de comunicación del mundo occidental (y no occidental, por supuesto) capta este problema secular y hasta milenario. El silencio de los medios, su indiferencia, no son un accidente, sino el resultado de un relato complejo, influenciado por la política y que a menudo minimiza la violencia dirigida contra comunidades cristianas en países como Corea del Norte, Nigeria, Somalia, Libia, Pakistán o Irán.
Normalmente los parlamentos supranacionales, las ONG y los grandes organismos internacionales se enfocan en la crítica a la vulneración de los derechos humanos o a las guerras o el hambre. En tanto que otros problemas y violaciones de derechos humanos reciben una atención inmediata (y, por supuesto, razonable), el destino de miles de cristianos perseguidos por su religión parece quedar relegado a un segundo plano, como si su fe los hiciera menos merecedores de empatía.
En el último tiempo, hubo pocas personas, como Donald Trump, que decidieron hacer frente al problema, sin ningún eufemismo ni indirecta. Trump advirtió con una intervención en Nigeria, en caso de que el gobierno de aquel país no asuma medidas claras contra la persecución de cristianos. A través de órdenes ejecutivas, el gobierno Trump manifestó una postura firme contra lo que denominó el “sesgo anticristiano” global. Trump declaró que su país no podía permanecer indiferente ante tales atrocidades y prometió utilizar las herramientas a su disposición para proteger a las poblaciones cristianas en riesgo.
Más allá de las cosas criticables de la administración Trump y del propio Trump, esta política procristiana es valorable. Y es necesario que los medios de comunicación también cubran esta situación que atenta contra la vida de millones en todo el mundo. Este calvario por el que pasan miles de cristianos debería también ser visibilizado.
El invisibilizado calvario cristiano
- Advertisment -
