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La Iglesia y la Pascua: volver a la centralidad del evangelio

Marcelo Miranda Loayza

En tiempos de Pascua, la Iglesia se enfrenta a una profunda necesidad de reflexión sobre su identidad y su misión. Más allá de celebraciones litúrgicas y discursos bienintencionados, la pregunta esencial es: ¿estamos aún centrados en Cristo?
En los últimos años, el mensaje cristiano ha comenzado a adoptar un tono distinto, más enfocado en lo social, lo ambiental y lo estructural. Palabras como “conciencia social”, “periferias” y “sinodalidad” se repiten con fervor, pero ¿no estamos perdiendo el centro?
Esta tendencia, aunque nacida de buenas intenciones, corre el riesgo de desdibujar la radicalidad del Evangelio. Lo que era un mensaje centrado en la cruz y la resurrección de Cristo, ahora parece diluirse entre campañas ecológicas y estructuras participativas.
El Papa Benedicto XVI, con su claridad teológica, ya lo advirtió: Jesús no redimió al mundo con discursos, sino con su sacrificio en la cruz. Fue su pasión, su entrega total, la que trajo vida al mundo. Ese es el núcleo de nuestra fe.
La Pascua nos recuerda precisamente eso: que el triunfo de la vida sobre la muerte no vino por estrategias humanas, sino por la obediencia del Hijo al Padre hasta el extremo del dolor y la humillación. En este contexto, resulta necesario preguntarse si el discurso eclesial actual ha desplazado ese centro por una agenda más cómoda o políticamente correcta. ¿No estaremos vaciando de sentido la cruz cuando la cambiamos por eslóganes humanistas?
Nadie duda de la importancia de cuidar la creación, de escuchar a los marginados o de caminar juntos como Iglesia. Pero cuando eso se convierte en lo esencial, se corre el riesgo de convertir la fe en un proyecto humano sin trascendencia. Jesús no fue un político ni un activista. No fue un ambientalista ni un organizador comunitario. Fue el Hijo de Dios, que vino a redimirnos del pecado y a abrirnos las puertas del cielo. Esa es la buena noticia que el mundo necesita.
Confundir el Reino de Dios con una agenda sociopolítica es, en el fondo, una forma sutil de mundanizar la fe. Hacer de la Iglesia una ONG de causas nobles, pero sin Cristo, es cerrarle las puertas al verdadero Salvador. La Iglesia no puede ni debe competir con las organizaciones humanitarias. Su misión es otra: ser luz del mundo y sal de la tierra, portadora de un mensaje que no nace del consenso humano, sino de la revelación divina. Mientras más humana sea la Iglesia —en el sentido de ceder a las modas del mundo—, menos divina será. Y sin lo divino, sin lo sobrenatural, la Iglesia pierde su alma y su razón de ser.
La Pascua nos confronta con una verdad incómoda: Dios salvó al mundo desde el silencio del sepulcro, desde el dolor de la cruz, no desde el aplauso de las masas. Volver al centro es volver a Cristo, crucificado y resucitado. Es reconocer que el Evangelio no necesita adornos ni adaptaciones para seguir siendo pertinente, necesita ser vivido con radicalidad y coherencia.
La oración, la penitencia, el anuncio valiente de la verdad, el testimonio fiel de los santos, eso es lo que ha transformado el mundo desde los primeros cristianos hasta hoy.
Hoy más que nunca, el mundo necesita testigos del Resucitado, no funcionarios de lo social ni burócratas del diálogo. Necesita personas que ardan de amor por Cristo y que estén dispuestas a dar la vida por Él.
Que este Domingo de Resurrección nos encuentre postrados ante el misterio de la vida eterna, conscientes de que todo lo demás —por importante que sea— es secundario frente a la cruz y la tumba vacía. Recuperar la centralidad de la Pascua es también recuperar el verdadero rostro de la Iglesia: una comunidad de fe, esperanza y caridad que no se deja arrastrar por las ideologías del momento.
Escuchar a Dios, más que a los hombres, debe ser nuestro norte. Su voz no grita desde las pancartas ni desde los discursos, sino que susurra en el silencio de la oración y en el encuentro con el Resucitado. Que no convirtamos la casa de Dios en un despacho de activismo ecológico. Que sea, como Él quiere, casa de oración y de salvación. Porque sólo en Cristo está la vida. Todo lo demás, aunque útil, no salva.

El autor es teólogo, escritor y educador.

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