En forma habitual se comenta que la Revolución del 9 de abril de 1952 fue un acontecimiento trascendental de la historia de Bolivia. Sin embargo, se trata de una apreciación abstracta que se reduce a un episodio común y corriente. En otros casos, se repite datos generales y repetidos muchas veces, que también son generalidades trilladas.
Esa forma de ver ese suceso político, soslaya el fondo de ese hecho histórico que, en la forma, constituyó una batalla armada entre dos fuerzas de magnitud, que se definió en tres días de lucha en todos los barrios de la ciudad de La Paz, pero que, finalmente, determinó importantes efectos para el devenir de la historia de Bolivia.
Ese acontecimiento se gestó durante alrededor de cincuenta años con una acumulación de fuerzas que, al final, ya no era una contradicción, sino un antagonismo que se fue gestando espontáneamente, en medio de notables episodios. La revolución de 1952 fue producto de un largo tiempo de maduración de enfrentamientos sociales y no estaba destinado a ser un hecho eventual y similar a los muchos que se habían producido desde principios del Siglo XX.
Además de ser una batalla de grandes proporciones, la revolución del 9 de abril fue de gran contenido, de acuerdo a la grandeza del pueblo boliviano y en particular el de La Paz. El aspecto más notable fue que, después de cien años de luchas espontáneas, es decir sin saber de dónde venía ni a dónde iba, fue convertido en conocimiento, debido a la existencia de un partido político con claras ideas sobre qué era la causa por la que luchaba. Se comprendía el devenir de la historia, vale decir que conocía la variabilidad sustancial de los fenómenos sociales, su ininterrumpida transformación en otras cosas.
En términos concretos, hizo pasar a Bolivia de la condición de colonia a la de nación y, al mismo tiempo, permitir el paso del orden feudal al democrático, caracterizado por un cambio de clases sociales en el poder. Hecho que originó el paso a la historia de usos, costumbres, ideas, organizaciones de todo tipo que representaban al viejo orden. No hubo, pues, cambio del sistema material, económico y político, sino del espíritu de una época medieval y ya superada en el mundo. Convirtió en seres humanos a tres millones de seres humanos, condenados a la esclavitud y la muerte en la miseria.
Convirtió a los pobladores, de siervos de la gleba en hombres libres que, en vez de empobrecerse, tenían abierto el camino para enriquecerse, a no ser que fuerzas restauradoras del pasado vuelvan a resurgir e imponer sus agotados sistemas, disponiendo del poder político del Estado.
