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Ánima indeseada

Raúl Ruiz Roca

En estas fechas, cuando el aroma del pan del Día de los Muertos, inunda los hogares, es inevitable reflexionar sobre quienes nos visitan. La tradición dicta que las ánimas llegan para compartir con los vivos, pero este año, la mesa no solo está puesta para los abuelos, familiares o ausentes queridos. Hay un comensal invisible, uno que no tiene nombre propio, pero que todos reconocemos y se llama “crisis”.
Imaginemos, por un momento, que la crisis es esa ánima traviesa e inoportuna que se sienta en la cabecera de la mesa. Como una T’anta Wawa de pan que se hornea con ilusión, algunas salen perfectas, otras se queman o se desinflan. La crisis es ese pan amorfo que no pedimos, pero que llegó a nuestra mesa. Es un alma en pena que viene a recordarnos la fragilidad de nuestra economía, el peso de la incertidumbre y el frio del desempleo.
Pero en el Día de los Muertos, el recibimiento es sagrado; No podemos recibir a esta ánima de la crisis con miedo, debemos recibirla con la frente en alto y la mesa llena de resiliencia. La recibimos con fortaleza y con nuestra solidaridad. Pero, seamos honestos, queremos despedirla rapidísimo, porque no queremos que esta ánima se quede a radicar en nuestros hogares. Queremos que cruce el puente de regreso lo antes posible y despedirla con una señal de esperanza. Así como encendemos una vela para guiar a las almas de vuelta al más allá, como un faro guiándola en la oscuridad.
Dicen que los muertos vienen a visitarnos porque los recordamos, nuestra crisis nos visita porque la alimentamos con la desunión. Pero si algo nos ha enseñado la vida (y la muerte), es que una comunidad íntegra, es el mejor pan para el hambre. Y si entendemos que la verdadera ofrenda para el ánima indeseada es la fe y la ayuda a los demás, ésta será fugaz, porque con la unión y el soporte solidario de todos los vivos, amistades y familias, podemos hacer que esta ánima de la crisis se sienta tan incómoda que decida marcharse pronto.
Y quizás, solo quizás, contemos también con el apoyo de los muertos, porque nuestros antepasados, que sobrevivieron a tantas dificultades, inundaciones, sequías, pandemia y guerras, nos prestarán sus fuerzas. Ellos, desde el más allá, nos soplan al oído que las crisis son pasajeras y que la vida siempre se abre paso ante las vicisitudes.
Entonces, si tenemos inevitablemente que recibir esta ánima indeseada, hagámoslo con una ofrenda solidaria, pero despidámosla con un portazo de esperanza. Que las T’anta Wawas de este año sean el símbolo de que, aunque la masa esté dura por la indeseada crisis, con el calor de todos los vivos y el alma de los muertos, podamos moldear con fuerzas y energías positivas un futuro mejor para nuestra amada Bolivia.

El autor es Abogado.

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