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Brasil: apuesta democrática y disputa por el poder

Miguel Azurduy Zurita

Parte II

La segunda vuelta del 25 de octubre introduce una contradicción decisiva. La ventaja inicial atribuida a Flávio Bolsonaro no constituye una mayoría definitiva. Con 158.745.463 electores habilitados, según la cifra del Tribunal Superior Electoral recogida en el texto, el problema político consiste en ampliar las respectivas bases electorales. Los votos de las candidaturas eliminadas, la abstención, las diferencias regionales y la movilización de organizaciones sociales adquieren una importancia particular. La correlación de fuerzas sociales puede modificarse mediante nuevas alianzas, pero ninguna candidatura dispone automáticamente de los votos que no obtuvo en la primera vuelta. El escrutinio definitivo deberá establecer no solamente quién alcanza la mayoría, sino también qué sectores sociales, territoriales y políticos contribuyen a conformarla.
La disputa se extiende, además, al Congreso. Según los resultados, el Partido Liberal habría aumentado su representación de 15 a 28 escaños en el Senado y de 98 a 121 diputados en la Cámara. Esta nueva composición parlamentaria introduce restricciones y oportunidades para cualquiera de los proyectos presidenciales. Lula y Flávio Bolsonaro deberán considerar que gobernar no equivale únicamente a conquistar el Ejecutivo. La formación de una alianza legislativa, la negociación con otras fuerzas políticas y la preservación de la unidad institucional serán condiciones para convertir las propuestas electorales en decisiones de Estado. La clase política brasileña enfrenta así una prueba que trasciende la competencia presidencial: construir acuerdos sin desconocer las contradicciones que dividen a la sociedad.
La cuestión histórica, sin embargo, trasciende a Lula, a Flávio Bolsonaro y a la jornada electoral. Brasil puede preservar su soberanía estratégica sin subordinación a los intereses de Washington o Pekín. Puede mantener relaciones económicas con Estados Unidos, profundizar su participación en los BRICS y ampliar sus vínculos comerciales con China. Esa diversificación constituye una posibilidad estratégica, aunque también exige reconocer las asimetrías de poder que condicionan toda negociación internacional. La autonomía no consiste en desconocer esas relaciones, sino en impedir que una alianza económica se transforme necesariamente en subordinación política.
La elección del 25 de octubre representa, en consecuencia, una apuesta democrática sobre la orientación política del Estado brasileño. Su importancia no reside únicamente en determinar quién ocupará la Presidencia, sino en establecer qué capacidad tendrá el próximo Gobierno para articular intereses sociales, preservar la unidad institucional y negociar con las grandes potencias. La verdadera dimensión geopolítica de Brasil dependerá de su capacidad para convertir su peso económico, territorial y diplomático en poder de decisión. En un mundo caracterizado por la competencia entre centros de influencia, la soberanía no se mide por la distancia que un país mantiene frente a las potencias, sino por su capacidad para relacionarse con ellas sin renunciar a definir sus propias prioridades nacionales.

El autor es Sociólogo por la Universidad Autónoma Metropolitana, Ciudad de México.

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