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Brasil: apuesta democrática y disputa por el poder

Miguel Azurduy Zurita

Parte I

El primer escrutinio electoral brasileño del 4 de octubre no resolvió la contradicción, sino que la hizo más visible. Según las cifras del voto recogidas en este análisis, Flávio Bolsonaro obtuvo 56 millones de votos, equivalentes al 47% de los sufragios válidos, mientras Luiz Inácio Lula da Silva alcanzó 53 millones, el 45%. La diferencia aproximada de dos millones de votos revela una estrecha correlación de fuerzas sociales y políticas. Más allá de la competencia entre dos candidatos, la elección expresa una disputa entre proyectos de Estado, concepciones económicas y orientaciones internacionales. La apuesta democrática de Brasil consiste en transformar esa confrontación en una decisión legítima, sin comprometer la unidad institucional de una sociedad profundamente dividida.
Detrás de la disputa interna emerge una contradicción geopolítica de mayor alcance. Brasil, una de las principales economías del hemisferio y miembro de los BRICS, mantiene relaciones estratégicas con China, Estados Unidos y Rusia. El denominado corolario Trump de la Doctrina Monroe expresa una orientación política estadounidense dirigida a reafirmar su influencia hemisférica, mientras Pekín amplía su presencia mediante inversiones, comercio, tecnología e infraestructura, incluida la Iniciativa de la Franja y la Ruta.
Sin embargo, Brasil no constituye un territorio pasivo en esta competencia. Su clase política ha procurado preservar márgenes de autonomía mediante alianzas internacionales diversificadas. La cuestión fundamental no consiste en elegir una potencia, sino en determinar hasta dónde puede sostener una política exterior independiente frente a las presiones económicas, diplomáticas y eventualmente coercitivas de los grandes centros de poder.
La economía introduce una dimensión concreta en esta confrontación. Millones de brasileños juzgan al Gobierno por los precios, el empleo, los salarios, los impuestos y el costo del crédito. Según las proyecciones del FMI citadas en este análisis, Brasil crecería un 2,4% en 2026, mientras la deuda bruta del Gobierno general se aproximaría al 98% del PIB. Estas cifras no describen necesariamente una economía en crisis, pero revelan restricciones fiscales que condicionan las decisiones del Estado.
La disputa electoral enfrenta, por tanto, distintas respuestas a un problema común: cómo conciliar crecimiento, estabilidad financiera y bienestar social. La orientación política del próximo gobierno dependerá tanto de su programa económico como de la correlación de fuerzas entre empresarios, trabajadores, sectores financieros y organizaciones sociales.
También se ha transformado el espacio donde se disputa el poder. El teléfono celular constituye una nueva plaza pública, atravesada por mensajes políticos, propaganda, desinformación y contenidos producidos mediante inteligencia artificial. Las plataformas digitales amplían la capacidad de movilización de partidos, iglesias y organizaciones sociales, aunque su influencia electoral exige un escrutinio riguroso.
Particular atención merece el voto pentecostal, cuya importancia política debe examinarse sin considerarlo un bloque homogéneo ni atribuir automáticamente sus preferencias a una orientación partidaria. Las iglesias, las redes digitales y las organizaciones territoriales pueden facilitar alianzas y movilizaciones, pero no determinan por sí solas el comportamiento electoral. La influencia política depende, finalmente, de las condiciones económicas, culturales y sociales que permiten convertir un mensaje en una decisión ciudadana.

El autor es Sociólogo por la Universidad Autónoma Metropolitana, Ciudad de México.

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