De seguro el título provocará alguna confusión en el lector, aunque en realidad no es más que un pequeño ejercicio de humor negro para describir nuestra cada vez más paupérrima realidad nacional. Bolivia parece empeñada en construir, a pulso, su propia caricatura de república bananera: instituciones debilitadas, Estado de Derecho convertido en una especie de decoración constitucional y corrupción transformada en una práctica tan cotidiana que ya casi merece ser incorporada al patrimonio cultural. Lo verdaderamente preocupante es que aquello que debería escandalizarnos comienza a parecernos normal. Cuando una sociedad deja de sorprenderse ante el deterioro de sus instituciones, probablemente el problema ya no sea solamente político, sino también moral.
Pocos parecen haberse sorprendido con los recientes cuestionamientos que involucran al Ministerio Público y sus presuntos vínculos con estructuras relacionadas con el narcotráfico. Los casos del fiscal general del Estado, Roger Mariaca, y del fiscal departamental de Santa Cruz, Alberto Zeballos, aparecen como una suerte de iceberg institucional: lo que vemos probablemente sea apenas la parte que sobresale. Debajo podría existir una estructura mucho más profunda, alimentada durante años, por la politización de la justicia y por redes de poder que encontraron durante el largo ciclo del Movimiento al Socialismo un terreno extraordinariamente fértil para reproducirse.
Aquí aparece la otra gran paradoja: el gobierno de Rodrigo Paz llegó con la promesa implícita de cambiar las cosas, pero hasta ahora no parece haberlo conseguido. Mientras la Fiscalía continúa envuelta en cuestionamientos e ilícitos, el poder parece jugar al escondite con las viejas redes políticas. Mientras tanto, el presidente pronuncia discursos que parecen tener la misma utilidad que una conferencia sobre navegación marina en medio del desierto. Podríamos llamarlos discursos de toilette: una retórica que solo parece encontrar su verdadera dimensión cuando uno está sentado en el trono del baño.
Pero como en toda buena tragicomedia nacional, faltaba el escenario internacional: Boca Ratón. Mientras Bolivia intenta descifrar sus problemas institucionales, aparece la historia del avión presidencial permaneciendo 66 horas en este exclusivo balneario de Florida. Los malpensados ciudadanos —esos seres incómodos que todavía hacen preguntas— comenzaron entonces a preguntarse por la famosa austeridad y humildad de nuestros gobernantes. Por supuesto, seguramente existe una explicación perfectamente razonable para todo; en Bolivia siempre existe una explicación, aunque rara vez llegue antes que el escándalo. Y mientras todos miramos hacia Boca Ratón, convenientemente parecen quedar fuera del radar asuntos como los cuestionamientos sobre el señor Fernando Cerimedo y sus presuntos vínculos con el círculo íntimo del presidente Paz, o aquellas famosas narco-maletas que, como tantos otros escándalos nacionales, parecen haber descubierto el maravilloso arte de desaparecer de la memoria colectiva.
La pregunta inevitable es si realmente merecemos una clase política que parece condenada a reproducir, generación tras generación, las mismas miserias con diferentes vestimentas, discursos y fotografías oficiales. Bolivia tiene una habilidad extraordinaria para elegir aquello que después asegura detestar. Elegimos una y otra vez lo que no necesitamos y luego nos indignamos con aquello que nosotros mismos ayudamos a elegir.
Mientras tanto, el sueño de una Bolivia digna se va diluyendo entre el envilecimiento de la política, la deshonestidad institucional y una preocupante pobreza intelectual. Seguimos repitiendo que somos un país rico con gente pobre, cuando quizá deberíamos preguntarnos si no somos, además, un país con enormes posibilidades gobernado demasiadas veces por pequeñas ambiciones. La verdadera tragedia no es únicamente tener una Fiscalía rota, descubrir que el poder puede viajar hasta Boca Ratón o comprobar que los escándalos tienen una vida útil cada vez más corta; la tragedia es que nos estamos acostumbrando a todo ello. Tal vez ha llegado la hora de abandonar la cómoda fantasía de que la dignidad nacional se recuperará cambiando únicamente de gobernantes.
Bolivia necesita reconstruir su identidad, recuperar la cultura institucional, reivindicar la honestidad y, sobre todo, recuperar la capacidad de indignarse. Porque mientras nosotros seguimos discutiendo entre una Fiscalía rota y un Ratón Boca, el país continúa esperando algo mucho más difícil que un nuevo gobierno: una sociedad capaz de dejar de elegir, justificar y tolerar aquello que después dice querer cambiar.
El autor es teólogo, escritor y educador.
