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La diplomacia en penumbras

José Manuel Loza Oblitas

Durante todo el tiempo que dura el actual gobierno del presidente Rodrigo Paz Pereira, la gestión de las relaciones exteriores de Bolivia ha quedado reducida a una penosa interinidad. La falta sistemática de nombramientos de embajadores titulares en las principales legaciones y organismos internacionales del planeta no solo evidencia una peligrosa improvisación, sino que proyecta hacia la comunidad internacional la imagen de un país sin rumbo, desarticulado y desprovisto de una verdadera política exterior de Estado.
En lugar de construir una diplomacia sólida, profesional y de largo alcance, que atienda las urgentes necesidades financieras, comerciales e institucionales de la patria, el Ejecutivo ha mantenido las embajadas como premios de consolidación o piezas de negociación política doméstica. Esta parálisis diplomática condena a Bolivia al aislamiento voluntario en escenarios multilaterales estratégicos, donde son definidos asuntos cruciales para el desarrollo regional.
El episodio reciente de la representación ante la Organización de los Estados Americanos (OEA) es la radiografía perfecta de este colapso institucional. Tras meses de incertidumbre y acefalía, la posterior designación y ratificación del exministro José Luis Lupo Flores, por parte de la Cámara de Senadores el 13 de agosto de 2026, parecía otorgar una luz de solvencia técnica y experiencia profesional ante un foro tan exigente. Sin embargo, el desenlace ha sido devastador: la renuncia y declinación formal expresada por Lupo a través de su reciente carta al Primer Mandatario.
Que un profesional con la trayectoria multilateral de José Luis Lupo prefiera dar un paso al costado y declinar el honor de representar a la República constituye un duro portazo ético y una señal de alerta máxima. Su afirmación central —al señalar que «no sería honesto de mi parte actuar como si nada hubiera ocurrido durante estos últimos meses» y que hoy «no están dadas las condiciones para asumir esta misión»— es una interpelación directa a la falta de coherencia, transparencia y solvencia institucional del régimen.
Lamentamos profundamente la pérdida de una representación técnica de alto nivel ante la OEA, pero lamentamos aún más las causas profundas que provocan esta deserción: la incapacidad del Gobierno para ofrecer un marco de estabilidad y ética que atraiga a sus mejores cuadros. La declinación de Lupo expone, sin eufemismos, que la crisis de gobernabilidad e inestabilidad política ha sobrepasado las fronteras nacionales, comprometiendo gravemente la dignidad, el prestigio e imagen externa de la República. Bolivia no puede continuar navegando a la deriva diplomática. Es hora de recuperar la seriedad, el respeto institucional y el patriotismo en la conducción del Estado.

El autor es periodista.

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