En el año 2000 asistí al emblemático Curso Regional de Gestión Dinámica de Proyectos, patrocinado por la Fundación Alemana para el Desarrollo Internacional. Era una época donde la planificación tendía a ser muy rígida y el curso introdujo conceptos avanzados de flexibilidad. No solo enseñaba la metodología clásica del Enfoque del Marco Lógico o el método ZOPP, sino que ponía un fuerte énfasis en el monitoreo dinámico y la adaptación en tiempo real ante entornos complejos. Al cambiar la columna de “medios de verificación” por “indicadores de supuestos”, se apuntaló la planificación a la dinámica circular en la que la realidad se desenvuelve. Monitorear los supuestos equivalía a atender la dinámica de cambios en el sistema de cooperación, en los actores y en los fenómenos culturales. Estábamos evolucionando la rigidez del marco lógico y contribuyendo al nacimiento de la Teoría de Cambio, hoy imprescindible para gestionar innovaciones sociales.
Para Javier Medina, uno de los científicos bolivianos más importantes, el Marco Lógico pretende detener el flujo de la vida en un diagrama y busca la univocidad sin dar lugar a la ambigüedad. Por el contrario, la Teoría de Cambio, tiene más relación con el modelo de red amerindio, que se basa en la plurivocidad y busca consensos puntuales que varían según nuevos contextos e inputs provenientes del entorno. Por ello, la obra Midiendo el Cambio Social de Alnoor Ebrahim es una lectura ineludible. Como decía mi gran profesor, José de Souza Silva, no se trata de entregar el pescado, tampoco de enseñar a pescar; se trata de compartir el arte de construir anzuelos en las formas y tamaños adecuados a nuestros ríos o lagos.
Durante décadas, la consultoría para el desarrollo ha convivido con una paradoja estructural: la primacía del cumplimiento procedimental sobre el impacto social transformador. Los programas suelen quedar atrapados en una tensión no resuelta entre la rendición de cuentas hacia los donantes y el aprendizaje organizativo real en el terreno. El Marco Lógico, concebido bajo una óptica de ingeniería lineal, tendió a convertir los proyectos en camisas de fuerza. La burocratización del modelo terminó confundiendo la ejecución de actividades con la modificación real de conductas y transformaciones sistémicas. La transición hacia la Teoría de Cambio rescata precisamente el valor de los supuestos, visibilizando las hipótesis causales subyacentes y reconociendo que ninguna intervención opera en el vacío, sino dentro de un ecosistema interdependiente.
Para resolver esto, Ebrahim aporta una matriz analítica que clasifica las estrategias de desempeño según el nivel de incertidumbre causal y el grado de control a largo plazo, demostrando que no existe una métrica universal. Primero, están las intervenciones de Nicho, de alta certeza causal pero bajo control a largo plazo (como servicios puntuales), donde el foco es la eficiencia operativa. Segundo, las de estrategia Integrada, con certeza clara y alto control mediante acciones sinérgicas, orientadas a resultados intermedios. Tercero, las Emergentes, de alta incertidumbre y bajo control ante problemas complejos no resueltos —como lo que requirieron el gobierno, las empresas y la sociedad civil para sobrevivir a los bloqueos—, donde se exige experimentación adaptativa y prototipado rápido en lugar de metas rígidas. Finalmente, están las de Ecosistema, orientadas a un cambio sistémico multiactor y control distribuido, donde nadie puede resolver los problemas por sí solo y el foco está en la gobernanza de redes y la contribución colectiva, quizá el camino inexorable que debemos recorrer hoy en Bolivia.
A la luz de esta evolución, la labor de consultoría técnica enfrenta tres imperativos metodológicos. Primero, desmontar el sesgo del entregable: la cooperación debe evitar que los consultores se limiten a proveer documentos contractuales predefinidos, pues el verdadero valor reside en transferir capacidades para que las contrapartes locales diseñen sus propios anzuelos. Segundo, implementar un monitoreo dinámico y adaptativo sensible a los giros políticos y cambios culturales, permitiendo recalibrar la intervención en tiempo real. Y tercero, posicionar al consultor como facilitador estratégico, acompañando a financiadores y contrapartes en la co-construcción de una Teoría de Cambio compartida y contextualizada.
El desarrollo sostenible no se decreta mediante matrices estáticas, sino que se navega comprendiendo la complejidad viva de nuestros propios ecosistemas.
Gonzalo Mariaca Valverde es asesor organizacional.
