Hay una escena que se repite en la historia política latinoamericana con una puntualidad casi litúrgica: llega un extranjero con acento seguro, traje impecable y un maletín lleno de promesas técnicas, y una élite local entera le abre la puerta, le entrega las llaves y le pide, además, que opine sobre asuntos que jamás estudió. El caso del consultor argentino Fernando Cerimedo (cuya presencia en el entorno del presidente Rodrigo Paz terminó convertida en escándalo nacional) no es un accidente ni una anomalía. Es el síntoma más reciente de una enfermedad vieja: el desprecio estructural por el talento propio.
Conviene empezar por lo que no era secreto, mucho antes de aterrizar en Bolivia, Cerimedo ya tenía un expediente público y voluminoso, en Brasil, tras la derrota de Jair Bolsonaro en 2022, difundió transmisiones cuestionando las urnas electrónicas; el Tribunal Superior Electoral ordenó dar de baja ese material por considerarlo desinformación, y la Policía Federal brasileña lo vinculó posteriormente a redes de manipulación electoral (CIPER Chile, 2023; El Espectador, 2026). Periodistas de investigación de la alianza regional Mercenarios Digitales documentaron su participación en campañas de desinformación en diversos países, reconociendo abiertamente que ejecutaba estrategias orientadas a dañar la imagen de adversarios políticos (El Heraldo, 2025).
Nada de eso requería un servicio de inteligencia sofisticado, pues bastaba con revisar los antecedentes públicos, sin embargo, en 2025 lideró la comunicación digital de la campaña que llevó a Rodrigo Paz al poder y continuó “orbitando” el Palacio de Gobierno: el vocero presidencial José Luis Gálvez admitió que asesoró al mandatario tras los comicios, mientras un allanamiento a su domicilio revelaba tarjetas personales donde se presentaba con correo y cargo oficial (Chequeado, 2026; elDiarioAR, 2026). Hoy se encuentra en prisión preventiva, imputado como presunto autor intelectual del ataque armado contra su expareja, la abogada Nadia Beller (CNN en Español, 2026).
Ahora bien, aquí radica la paradoja del anfitrión servil, o sea, un connacional con la mitad de ese historial oscuro no habría superado el primer filtro de una consultora mediana, ya que a nuestros profesionales se les exige título legalizado, certificados de solvencia, años de experiencia específica y referencias intachables, ofreciéndoles a cambio salarios precarios. Al consultor extranjero, en cambio, se le exige apenas un buen relato y una fachada de modernidad importada.
Octavio Paz (1950/2004) denominó «malinchismo» a esa inclinación atávica a preferir lo ajeno y a desconfiar de lo propio, una herida colonial caracterizada por la fascinación acrítica ante el extranjero. Aníbal Quijano (2000) explicó este fenómeno como parte de la colonialidad del poder, una estructura persistente que jerarquiza los saberes y ubica el conocimiento válido fuera de la región. Silvia Rivera Cusicanqui (2010) lo formuló con dureza al señalar que el colonialismo interno es una práctica cotidiana de las élites que administran el Estado mirando hacia afuera.
Pierre Bourdieu (1986) aporta la pieza clave para comprender la mecánica de este error, pues lo que el consultor extranjero vende no es una destreza técnica escasa (segmentar audiencias y producir contenidos digitales lo realizan decenas de equipos bolivianos competentes), sino capital simbólico: el aura ilusoria de haber girado cerca de líderes internacionales. Se compra la anécdota y la cercanía cosmopolita, no el método, aceptando ese prestigio sin auditoría alguna por temor a evidenciar ignorancia.
El costo de esta dinámica va mucho más allá de un problema de autoestima herida; en primer lugar, genera un daño democrático, tal como documenta el Oxford Internet Institute respecto a la industrialización de la manipulación privada de redes sociales al servicio de gobiernos (Bradshaw, Bailey & Howard, 2021). Wardle y Derakhshan (2017) advierten que el desorden informativo roza la capacidad misma de una sociedad para deliberar cuando la comunicación estatal se terceriza en operadores de campañas sucias; en segundo lugar, se provoca una degradación institucional. Así Guillermo O’Donnell (1994) describió las democracias delegativas como aquellas donde el gobernante se rodea de círculos de confianza personal al margen de los controles horizontales. Un asesor sin nombramiento oficial, sin contrato transparente y sin obligación de declarar patrimonio, pero con acceso directo a reuniones de gabinete, encarna peligrosamente ese modelo de opacidad; en tercer lugar, existe un costo humano que se traduce en fuga de talentos, formamos a comunicadores, politólogos, científicos de datos y abogados que terminan emigrando o subsistiendo en condiciones precarias porque el mercado prefiere importar prestigio. René Zavaleta Mercado (1986) describió a Bolivia como una sociedad abigarrada y compleja; esa riqueza plural es la que un profesional local comprende sin necesidad de traductores oportunistas.
El encantador de víboras no resulta peligroso por lo que sabe, sino porque las propias estructuras de poder eluden mirar la realidad. Mientras se siga creyendo que el talento es un producto exclusivo de importación, el país continuará pagando en dólares y en crisis lo que ya posee en casa, descubriendo el fraude siempre demasiado tarde, cuando la víbora ya se encuentra instalada en el centro mismo del Estado.
El autor es politólogo-abogado y docente universitario.
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