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Impacto económico

Agricultura suma $us 2.894 millones en costos ocultos

> El ritmo de incremento equivale a $us 92 por segundo en Bolivia, según datos proporcionados por la Fundación Tierra que figuran en la investigación “Costos ocultos de la agricultura: Monocultivos y sistemas alternativos en áreas de expansión de Bolivia”.

Los costos ocultos que genera la agricultura de monocultivos y que no aparecen en las cuentas habituales de producción alcanzaron los US$2.894 millones, una cifra que, llevada a una escala cotidiana, equivale a unos US$92 por segundo durante un año.
Esa es una de las principales conclusiones de la investigación “Costos ocultos de la agricultura: Monocultivos y sistemas alternativos en áreas de expansión de Bolivia”, que calculó para 2024 los impactos ambientales, socioeconómicos y humanos asociados a la producción agrícola y encontró que estos costos son iguales o incluso mayores que su valor de producción.
El documento fue elaborado luego de tres años de investigación conjunta entre la Fundación Jubileo, el Centro de Investigación y Promoción del Campesinado (Cipca) y el Taller de Iniciativas en Estudios Rurales y Reforma Agraria (Tierra) con el apoyo de Misereor y fue presentado tanto en la ciudad de Santa Cruz como en La Paz.
El investigador de Tierra, Gonzalo Colque, explicó que el estudio analiza los costos ambientales, socioeconómicos y humanos asociados a la actividad agrícola primaria y busca poner una cifra a aquellos impactos que normalmente quedan fuera del cálculo de la producción.
“El costo oculto de la agricultura de monocultivos es igual o mayor a su valor de producción”, señaló Colque al explicar el principal hallazgo. La investigación establece que los $us 2.894 millones superan en aproximadamente US$300 millones el valor bruto de producción de este sistema.
Colque puntualizó que el cálculo se realizó utilizando factores de conversión y atribución de costos bajo escenarios conservadores. De las distintas estimaciones posibles, los investigadores optaron por el escenario más bajo, con el propósito de no inflar las cifras, sino desarrollar una metodología aplicable y mostrar un mínimo de los costos que pueden ser cuantificados.
La cifra adquiere mayor dimensión porque los monocultivos mecanizados representan actualmente alrededor del 70% de la superficie cultivada del país y tienen un papel central en la producción agropecuaria, la agroindustria y las agroexportaciones. Al mismo tiempo, su expansión ha avanzado sobre zonas de bosque, lo que incrementa los costos ambientales asociados a este modelo.
Para el director de la regional Santa Cruz de Cipca, Marcelo Arandia, uno de los principales aportes de la investigación es que permite avanzar en una discusión que tradicionalmente ha enfrentado productividad y conservación ambiental.
Al medir y monetizar los efectos de los distintos sistemas agroagrícolas, el estudio ofrece elementos para mirar ambas dimensiones de manera conjunta y superar una lectura centrada únicamente en los beneficios económicos visibles.
El investigador también destaca el aporte metodológico del estudio, que traduce impactos ambientales, sociales, económicos y humanos a términos económicos comparables. Se trata, señala, de una práctica que todavía no es habitual en Bolivia y que permite incorporar a los análisis costos que normalmente no tienen un precio de mercado ni aparecen en las cuentas convencionales.
“No es simplemente sumar los daños ambientales, sino que es necesario incorporar esos costos al análisis para mejorar precisamente la calidad de las decisiones que podamos tomar hacia el futuro, fundamentalmente con relación a las políticas públicas”, sostuvo.
La investigación abre así nuevas preguntas sobre cómo evaluar los beneficios de una actividad agrícola frente a los costos que genera, y sobre si los incentivos existentes están favoreciendo realmente las alternativas más eficientes y sostenibles. Para el investigador, el desafío es avanzar hacia una visión más completa de la realidad agrícola del país.
COSTOS DESIGUALES
La investigación no se limita al cálculo nacional de los monocultivos mecanizados. Una segunda parte del estudio analiza, con información territorial, cinco sistemas productivos en Ascensión de Guarayos, Santa Cruz, y San Andrés, Beni: pequeña agricultura campesina e indígena, sistemas diversificados, sistemas mixtos agrícola-ganaderos, monocultivo integrado familiar y monocultivo empresarial.
La comparación permitió identificar un resultado que sorprendió a los propios investigadores: el monocultivo integrado familiar presentó el mayor costo oculto, por encima incluso del monocultivo empresarial.
“Nosotros como premisa de trabajo teníamos la idea de que sería el monocultivo empresarial”, dijo Colque. Sin embargo, el análisis mostró que los mayores impactos estaban asociados a nuevos productores que ingresan a zonas de expansión y realizan desmontes sin suficientes cuidados ambientales, permisos de quema, controles o fiscalización.
En el análisis territorial, la diferencia entre sistemas también se refleja en los costos ocultos por hectárea. La agricultura diversificada registra uno de los valores más bajos, mientras que los monocultivos presentan costos mayores, particularmente el integrado familiar.
Esto permite observar que la escala productiva por sí sola no explica el impacto: también importan dónde se produce, qué ecosistemas se transforman y bajo qué condiciones se amplía la frontera agrícola.
Según Colque, una parte central de los resultados está precisamente en identificar dónde se concentran esos costos. En el caso de los sistemas estudiados en Guarayos y San Andrés, una proporción importante corresponde a costos ambientales, especialmente aquellos relacionados con los gases de efecto invernadero y la pérdida de cobertura boscosa. El contexto territorial resulta determinante: no tiene el mismo costo ambiental transformar un bosque primario que producir sobre tierras que ya fueron transformadas.
Los resultados también ponen sobre la mesa la necesidad de revisar los instrumentos que regulan el uso de la tierra. Colque llamó la atención sobre los Planes de Ordenamiento Predial (POP), que establecen qué áreas pueden destinarse a bosque, producción, mecanización o usos integrados. Asimismo, modificaciones recientes de estos instrumentos pueden facilitar la incorporación de nuevas tierras a la producción mecanizada. (Fundación Tierra)

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