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Aun en la oscuridad, hay esperanza

Marcelo Miranda Loayza

Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), el suicidio constituye una de las principales causas de muerte entre los jóvenes de 15 a 29 años. La cifra resulta estremecedora: alrededor de 720.000 personas mueren cada año por esta causa, lo que significa que, aproximadamente, cada 40 segundos una vida se pierde. Más allá de las estadísticas, estamos ante una realidad que exige una reflexión profunda sobre el sentido de la existencia, los vínculos sociales y las condiciones que pueden llevar a una persona a experimentar una desesperanza extrema.
Las campañas de prevención, aunque necesarias y bien intencionadas, suelen concentrarse en la dimensión emocional mediante expresiones como: «está bien que no estés bien», «me importas y me preocupa lo que te pasa» o «podemos buscar ayuda». Sin embargo, estas frases resultan insuficientes si no se intenta comprender qué es aquello que realmente no está bien. Émile Durkheim, sostenía que el suicidio no es únicamente un fenómeno individual, sino también un hecho social relacionado con el grado de integración de la persona en su comunidad y con la regulación que el grupo ejerce sobre sus deseos e impulsos. La soledad, la ruptura de los vínculos y la pérdida del sentido de pertenencia, por tanto, no pueden ser ignoradas.
Albert Camus, llevó esta reflexión al terreno de la filosofía al preguntarse si vale la pena vivir la vida, considerando esta cuestión como uno de los problemas fundamentales del pensamiento filosófico. Aristóteles, por su parte, entendía el suicidio como una falta de justicia hacia uno mismo y hacia la sociedad, porque cada persona posee un valor intrínseco y, mediante sus acciones, contribuye al bien común. La vida, por tanto, no puede reducirse exclusivamente a la experiencia individual: posee una dimensión moral y social que trasciende al propio individuo.
J. R. R. Tolkien, ofrece una interesante representación de esta realidad en la figura de Faramir, particularmente en su carga hacia Osgiliath, en El Señor de los Anillos. Faramir no busca gloria ni poder; busca el reconocimiento de su padre y demostrar su propia valía. Desde una perspectiva aristotélica, está escena confirma que la familia constituye el primer espacio donde la persona descubre y desarrolla su virtud; cuando ese espacio se encuentra quebrado, el reconocimiento de la propia dignidad puede quedar profundamente afectado. Sin embargo, la historia de Faramir demuestra que incluso el fracaso puede convertirse en el umbral de un amor sincero, capaz de salvar y conducir a las personas hacia la trascendencia.
Entonces, ¿está bien no estar bien? La respuesta debería ser no, si con ello pretendemos simplemente aceptar la desesperación sin preguntarnos por sus causas. Es necesario descubrir qué es aquello que está mal para poder transformar el sufrimiento en esperanza. Tolkien, a través de Gandalf, presenta el suicidio como un acto de orgullo, egoísmo y sumisión al mal; pero, al mismo tiempo, su obra muestra que la oscuridad no tiene por qué ser definitiva cuando existe alguien capaz de reconocer, acompañar y amar.
Solo queda, entonces, creer y crecer: creer que la vida conserva su valor incluso cuando no somos capaces de percibirlo, y crecer aprendiendo a mirar más allá del dolor, del fracaso y de las apariencias. Porque, como nos recuerda la historia de Faramir, aquello que parece ser el final puede convertirse en el inicio de una nueva vida. Aún en la oscuridad hay esperanza, y el silencio no significa necesariamente ausencia.

El autor es teólogo, escritor y educador.

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