La Paz se ahoga en sus propios desechos mientras sus autoridades pretenden mitigar la crisis con paliativos improvisados. El lanzamiento de la nueva campaña de concienciación por parte del Gobierno Autónomo Municipal de La Paz (GAMLP) resulta un loable intento de civismo, pero llega tarde y desenfocado frente a los promontorios que saturan las calles.
El verdadero despropósito radica en la ejecución de los planes contingenciales como “Escoba” y “PEGA”, los cuales movilizan a miles de funcionarios ediles —profesionales administrativos, técnicos e incluso personal de salud, como médicos o enfermeras— a recoger basura acumulada de forma enteramente manual e improvisada. Exponer a este personal a lixiviados, vectores biológicos y desechos patógenos descompuestos, sin el equipamiento de bioseguridad especializado ni la capacitación adecuada ¿no constituye una grave vulneración a la salud laboral?
Esta medida eleva innecesariamente el riesgo de contagio de enfermedades infecciosas, dermatológicas y respiratorias en un personal que no fue contratado para tareas de alto riesgo sanitario.
Mientras la gestión municipal disfraza esta alarmante improvisación bajo un manto de “solidaridad vecinal” y “compromiso paceño”, los países más desarrollados de la región implementan protocolos industriales rigurosos que en nuestra urbe brillan por su ausencia. En capitales de Chile o Uruguay (países con indicadores de democracia elevados), la recolección de residuos sólidos urbanos está altamente automatizada mediante sistemas de contenedores herméticos de carga lateral, donde el contacto humano directo con la basura es nulo.
Asimismo, el personal de primera línea cuenta con trajes de protección específicos, vacunas profilácticas obligatorias y rutas optimizadas tecnológicamente. En La Paz, por el contrario, se retrocede décadas al depender del barrido voluntario, volquetas abiertas de construcción y herramientas precarias para contener un colapso sanitario estructural derivado de pugnas contractuales y falta crónica de carburantes.
Exigirle al funcionario de escritorio y al ciudadano de a pie que sustituyan una obligación estatal e industrial con mano de obra improvisada y expuesta, destruye cualquier relato de vanguardia pública. Una urbe que arriesga la integridad física y biológica de sus propios trabajadores para maquillar temporalmente un desastre administrativo no puede ser catalogada seriamente bajo ningún lema de progreso o bienestar. Esta cruda realidad demuestra que La Paz dista kilómetros de consolidarse como una verdadera “ciudad humana” que, recordemos, fue el eslogan de campaña de César Dockweiler. Es, por el contrario, el reflejo de una metrópoli abandonada a la inercia institucional, donde la salud de su gente se usa como el último fusible de repuesto.
La Paz salió de una gestión ineficiente como fue la de Iván Arias, pero ahora parece estar en una similar, o peor incluso. Ya han pasado varios meses del inicio de la administración del exmasista Dockweiler, pero hasta hoy no parece haber un plan ni obras de importancia que se estén comenzando a ejecutar.
Basura e ineficiencia acumuladas
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