Por: M.A. Arq. Cecilia Vania Burgoa Diaz
ceciliaburgoadiaz@gmail.com
Comer es una de las acciones más cotidianas de nuestra vida. Sentimos hambre, elegimos qué comer y nos sentamos a la mesa, casi sin detenernos a pensar en todo lo que rodea ese momento. Sin embargo, nuestra alimentación no depende únicamente de los alimentos que elegimos, sino también, del espacio en el que comemos ya que forma parte de la experiencia y puede influir, de manera sutil, en nuestros hábitos y en la forma en que vivimos cada comida.
Diversas investigaciones sobre conducta alimentaria muestran que comer no depende únicamente del alimento o del apetito. El entorno también interviene, factores como la iluminación, el sonido, la temperatura, la presencia de otras personas, las distracciones y el lugar donde nos sentamos pueden modificar la experiencia de una comida e incluso influir en cuánto y cómo comemos.
Esto se vuelve especialmente evidente en nuestra vida cotidiana. Hoy es común comer frente al televisor, revisar el celular durante el almuerzo o utilizar la mesa del comedor como escritorio. Una revisión sistemática y metaanálisis realizada por Gough y colaboradores (2026), publicada en The American Journal of Clinical Nutrition, encontró que comer mientras estamos distraídos, por ejemplo, frente al televisor, puede favorecer una mayor ingesta de alimentos posteriormente. No siempre comemos más en ese momento, pero prestar menos atención a la comida parece afectar la manera en que registramos y recordamos lo que hemos consumido.
El ambiente sonoro también importa. Estudios han observado que la música y el ruido pueden modificar la duración de una comida y la experiencia de quienes comen. Del mismo modo, compartir la mesa cambia nuestro comportamiento, puesto que las personas tienden a comer más cuando estan con amigos o familiares que cuando comen solas.
Desde el diseño interior, estos hallazgos invitan a mirar de otra manera cocinas, comedores, cafeterías y restaurantes. No se trata únicamente de escoger materiales, iluminación o mobiliario atractivos, sino de preguntarnos qué hábitos facilita el espacio. ¿Invita a sentarnos con calma? ¿Favorece la conversación? ¿Nos mantiene rodeados de pantallas y estímulos? ¿Existe realmente un lugar para comer?
En casa, una mesa despejada, una iluminación confortable y cierta distancia de las pantallas pueden parecer decisiones pequeñas, pero ayudan a devolverle atención al acto de comer. El espacio no decide por nosotros qué alimentos elegimos, pero sí puede acompañar o dificultar hábitos más conscientes.
De esta manera, diseñar un comedor también puede significar diseñar una pausa dentro de la rutina cotidiana: un espacio que nos invite a detenernos, prestar atención a lo que comemos y compartir con quienes nos rodean. Porque alimentarnos no es únicamente una necesidad física; también es una experiencia vinculada al bienestar, a la convivencia y a la manera en que habitamos nuestros espacios.
