InicioSeccionesOpiniónLa verdad fronteriza de Bolivia y Brasil: un solo latido amazónico

La verdad fronteriza de Bolivia y Brasil: un solo latido amazónico

Raúl Ruiz Roca

Hace unos días llegaron periodistas brasileños con sus cámaras y sus reportajes prefabricados, cruzaron el río Mamoré hacia Bolivia en pequeñas embarcaciones de madera que los que somos del lugar llamamos Peque-Peque, no por capricho sino porque el motor de cola añejo imita ese sonido tan particular que ya es parte del paisaje sonoro de la frontera. Subieron imágenes editadas con características de escándalo y mostraron al mundo un supuesto descontrol en Guayaramerín y Guajará-Mirim, como si estas dos ciudades fronterizas fueran el escenario principal, el epicentro de un thriller de película narco, cuando en realidad son el corazón amazónico de una hermandad que se construye a pulso desde hace más de un siglo.
Hay que decirlo con claridad, para que no quepa duda, esos periodistas extranjeros sensacionalistas vinieron buscando generar polémica y elevar su nivel de audiencia con un absoluto desconocimiento de una realidad que nunca se va entender desde la redacción de un escritorio en Sao Paulo, Río de Janeiro o en Brasilia. Ignoraron el Tratado de Petrópolis de 1903, el que puso punto final a la Guerra del Acre, el que nos otorga a los bolivianos, la “más amplia libertad de tránsito terrestre y navegación fluvial” para el comercio y transporte de mercancías a perpetuidad. Siendo una concesión nada menor, sino la base jurídica de un intercambio comercial consuetudinario único, dónde el comercio fluye como el agua del río y donde los que hacen comercio suben y bajan con sus mercaderías en esas rústicas embarcaciones que para ellos son herramientas de trabajo y para otros son un símbolo de resistencia y supervivencia.
Lo que esos reporteros enviados especiales no entendieron es que la facilidad para cruzar el río Mamoré, de aproximadamente dos kilómetros de ancho, no es un síntoma de debilidad estatal, sino la expresión viva de un pacto histórico que nos reconoce como vecinos naturales y no como enemigos potenciales.
Esos reporteros pretendieron instalar el terror y la desinformación en el televidente de otras latitudes y se olvidaron de mencionar que Brasil tiene actualmente 16.886 kilómetros de frontera terrestre, lo que lo convierte en el país con la frontera más extensa de Sudamérica, limitando con 10 países, inclusive teniendo un territorio ultramarino, teniendo con Bolivia más de 3.423 kilómetros (la más extensa), una línea limítrofe que atraviesa tres departamentos de Bolivia, Pando, Beni y Santa Cruz. No somos un punto aislado somos parte de una inmensa geografía compartida y en esa geografía hay mucho más intercambio comercial y entendimiento bilateral que focos de violencia.
Es innegable que existen problemas, como en cualquier frontera del mundo y la inseguridad requiere atención inmediata, pero, también, es innegable que estos dos pueblos han demostrado un patriotismo silencioso y una defensa soberana de su cultura que no necesita lecciones de algún periodismo amarillista, terrorista de la información. Guayaramerín y Guajará-Mirim son ciudades hermanas encarnadas en la misma necesidad y en el mismo sueño de desarrollo, y la prueba más contundente es que el Puente Internacional que se avecina no será un simple tramo de concreto sino el eslabón que fortalezca los corredores amazónicos hacia el Atlántico y el Pacífico, convirtiendo a esta zona en el eje de integración regional sudamericana.
Lo que necesitamos con urgencia no es más escándalo ni más imágenes editadas para generar miedo colectivo, sino una política agresiva bilateral de promoción de lo bueno, de lo hermoso y lo positivo de esta frontera. La seguridad bilateral es indispensable y debe fortalecerse, pero no podemos permitir que el ruido del Peque-Peque sea confundido con una amenaza, cuando en realidad es el latido de dos pueblos que siguen demostrando que la integración y el comercio de dos países se construyen en el día a día.

El autor es Abogado e Investigador.

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