La Paz vivió en noviembre de 2016 una de sus peores crisis: grifos secos, severos racionamientos y una ciudadanía confrontada con la fragilidad de su recurso más vital. Aquella escasez no fue un evento aislado, sino la advertencia contundente del cambio climático y de la urgencia de transformar nuestra relación con el agua, además de una consecuencia directa de la ineptitud del entonces gobierno de Evo Morales, pues su Ministerio de Medio Ambiente y Agua no se había percatado de que los niveles de las represas eran muy bajos. A casi una década de esa crisis, el Gobierno Autónomo Municipal de La Paz (GAMLP) anunció que lanzará una campaña integral de concienciación, la cual no solo debería apelar a la buena voluntad, sino que debería forzar una reflexión estructural sobre los hábitos cotidianos de consumo de agua de los paceños.
El panorama mundial demuestra que la sensibilización ya no basta si no viene acompañada de políticas audaces. En este sentido, países de la región y del mundo implementan medidas drásticas: desde la reutilización masiva de aguas grises en industrias y la captación obligatoria de lluvia en áreas urbanas, hasta sistemas de riego tecnificado que prohíben el desperdicio. Ciudades europeas y americanas aplican rigurosas normativas que penalizan con severidad el riego estético de jardines o el lavado de aceras en épocas de estiaje, entendiendo que el agua potable es un bien finito y estratégico. La civilización debe entender que el progreso no es solo técnica instrumental, sino planificación sostenible y a largo plazo.
En este contexto, la iniciativa del GAMLP podría abrir un debate incómodo pero necesario: la revisión técnica de la estructura tarifaria local. Y es que el análisis de una eventual y progresiva subida en el precio del agua para los rangos de consumo alto y no esencial se podría perfilar como la herramienta disuasoria más eficaz a mediano o largo plazo. No se trata de vulnerar el derecho al acceso básico, sino de penalizar el derroche comercial y residencial. Aunque, teniendo en cuenta la mentalidad conservadora y altamente acrítica de gran parte de la población, lo más seguro es que tal medida sería en principio rotundamente rechazada.
Cuando un recurso vital mantiene un costo excesivamente bajo, lógicamente la sociedad tiende a normalizar su desperdicio. Un incremento marginal, segmentado por niveles de consumo, obligaría a cuidar cada gota, promoviendo una cultura de ahorro real frente a un futuro donde el líquido elemento será cada vez más escaso.
Las tendencias de la historia van demostrando que, a nivel mundial, incluso en países del Tercer Mundo o subdesarrollados como Bolivia, las personas van adquiriendo hábitos amigables respecto a la naturaleza y, en particular, al uso del agua. Sin embargo, en la carrera del tiempo, la degradación de los ecosistemas puede ganarnos; por consecuencia, políticas públicas orientadas a racionar agua y a concienciar sobre un uso razonable de la misma, pueden ser determinantes de cara al futuro.
La memoria del agua en La Paz
- Advertisment -
