II
Continuando con el artículo anterior, definiremos ahora a la educación formal, la cual se brinda a través de programas desarrollados sobre la base de objetivos previos, trazado por personas especialmente capacitadas para determinar planes de estudio y mallas con contenido curricular que tienden a un objetivo común y, en algunos casos, particularizados en función a los niveles de coeficiente intelectual, medios de apoyo y, por supuesto, capacidad económica de ciertos individuos.
En el hogar: La educación está a cargo principalmente de la familia, que transmite valores, normas y hábitos; el aprendizaje surge de la convivencia y las experiencias diarias.
En los colegios: La educación sigue un currículo organizado con objetivos de formación académica y personal; el aprendizaje se refleja en la adquisición de conocimientos, competencias y habilidades por parte de los estudiantes.
En las universidades: La educación se orienta a la formación profesional, científica y ética; el aprendizaje implica desarrollar conocimientos especializados, pensamiento crítico, investigación y capacidad para resolver problemas complejos.
La educación es un derecho fundamental y una herramienta esencial para el desarrollo de las personas y de la sociedad. Garantizar una educación inclusiva, actualizada y de calidad permite que niños y jóvenes desarrollen su potencial, que se reduzcan las desigualdades y se contribuya al progreso económico, social y cultural de sus comunidades.
Pese a lo ya desarrollado, la pregunta surge indiscutiblemente, ¿Cuáles son los problemas sociales y políticos al no contar con gobernantes y autoridades bien educadas en los países en desarrollo?
La calidad de la educación de quienes ocupan cargos públicos influye en su capacidad para tomar decisiones informadas, administrar recursos y diseñar políticas eficaces. Sin embargo, también son determinantes factores como la ética, la transparencia, la experiencia y la fortaleza de las instituciones. Entre los principales problemas que pueden surgir cuando las autoridades carecen de una formación adecuada o de las competencias necesarias se encuentran:
- Mala gestión de los recursos públicos, lo que reduce la eficiencia de la inversión en salud, educación, infraestructura y desarrollo.
- Políticas públicas poco efectivas, basadas en información insuficiente o sin planificación a largo plazo.
- Mayor riesgo de corrupción y falta de transparencia, especialmente cuando existen instituciones débiles y escasos mecanismos de control.
- Débil capacidad para enfrentar crisis económicas, sanitarias, ambientales o sociales.
- Aumento de la desigualdad, debido a decisiones que no atienden las necesidades de los sectores más vulnerables.
- Pérdida de confianza de la ciudadanía en las instituciones democráticas y en el Estado.
- Menor competitividad internacional, al no promover la innovación, la ciencia y el desarrollo tecnológico.
Es importante señalar que una buena educación por sí sola no garantiza un buen gobierno. La calidad institucional, el Estado de derecho, la participación ciudadana y la rendición de cuentas también son elementos fundamentales para una gestión pública eficaz. Este es el problema raíz en el que incurren los países en vías de desarrollo y si somos más exigentes en las sociedades actuales, donde la calidad se ha reemplazado por la inmediatez de resultados y en los que la viveza criolla reemplaza a la perseverancia, justicia y la calidad del conocimiento.
Y aquí es donde el problema se vuelve circular en un país carente de valores como el nuestro, donde la falta de formación y ética de los educadores de futuras generaciones, carecen de conocimientos, capacidades, ética, valores y hasta voluntad o criterio de mejorar, no logrando transmitir algo positivo a sus educandos, pese a ostentar falsamente el título de profesores, docentes o hasta catedráticos. La consecuencia lógica es indiscutible, niños y jóvenes mal educados que solamente piensan para una nota de pase, sin profundizar conocimientos y menos pensar en un futuro independiente.
Esto obviamente se debe complementar con el trabajo en las familias, que debe ser complementario con el de la educación formal y jamás debe ser competitivo o, lo que es peor, sin seguimiento en el hogar. Y brindando apoyo al mérito y conocimiento de los profesionales, que por razones pedagógicas trazaron programas detallados de temas, contenidos y profundidad de los mismos, adecuados siempre a la edad y nivel de formación de los educandos, en todas sus categorías de edad, nivel y capacidades especiales. Al respecto, Kant decía: “Tan solo por la educación el hombre puede llegar a ser hombre. El hombre no es más que lo que la educación hace de él”.
