La era dorada del gas natural, que sostuvo la estabilidad macroeconómica del país durante dos décadas, ha llegado a su fin debido al declive irreversible de sus campos maduros. Y con las reservas de divisas del Banco Central en mínimos críticos, el Estado boliviano tiene la obligación urgente de reconfigurar su matriz de ingresos. La mirada vuelve a posarse en las profundidades de la tierra, específicamente en un metal cuyo brillo hoy oculta una profunda opacidad: el oro. El metal precioso no es solo un salvavidas financiero inmediato; podría ser la principal opción para captar los miles de millones de dólares que el país necesita desesperadamente para estabilizar su economía y evitar un colapso cambiario masivo.
Sin embargo, para que el oro reemplace al gas, Bolivia debe ejecutar una cirugía estructural profunda en un sector que hoy opera en los márgenes de la ley. No basta con extraer más; el imperativo categórico es formalizar integralmente el rubro. Actualmente, la mayor parte de la explotación aurífera está controlada por cooperativas mineras que, bajo un régimen fiscal de extrema laxitud, aportan regalías ínfimas frente a las astronómicas ganancias que generan. El Estado debe imponer gravámenes reales y competitivos que capten una porción justa del valor exportado, permitiendo que la riqueza del subsuelo se traduzca en soberanía financiera y no en el enriquecimiento ilícito de unas pocas cúpulas sectoriales protegidas. Obviamente, hacer entender esto a las cooperativas mineras será una tarea ímproba y difícil, pues la mentalidad de ellas no es precisamente liberal, racionalista y pacifista.
Formalizar implica, de manera ineludible, librar una guerra frontal contra el contrabando y el uso indiscriminado de mercurio, dos plagas que desangran al país. El oro boliviano sale ilegalmente por las fronteras hacia países vecinos en cifras alarmantes, privando al Estado de la captura de divisas legítimas. Cortar este flujo requiere un control estricto de la comercialización, fiscalización digital y una presencia estatal efectiva en las rutas fronterizas. En paralelo, el desastre ecológico en los ríos amazónicos exige una transición obligatoria hacia tecnologías limpias. Disminuir el impacto ambiental es una condición de mercado global y una obligación ética con la salud de las comunidades indígenas y las futuras generaciones.
Pero el verdadero éxito de esta reconversión minera no se medirá en los balances del Banco Central, sino en su impacto social real. Los recursos captados a través de impuestos reales al oro deben ser blindados y destinados por ley a dos pilares fundamentales: salud y educación. Un país no puede sostenerse sobre un extractivismo destructivo que solo deja pasivos ambientales y poblaciones enfermas. Si los dividendos del metal precioso son invertidos de forma transparente en hospitales modernos, laboratorios e institutos técnicos, el oro dejará de ser una maldición, para transformarse en el motor del desarrollo humano. La crisis del gas es la última advertencia; el oro formalizado podría ser el camino hacia la redención.
¿Puede Bolivia vivir de la minería otra vez?
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