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Dólar flexible, ¿un salto al vacío?

Almirante (SP) Jorge Botello Monje

En una entrevista que circula en las redes sociales, el Ministro de Economía afirmó que “la vida de uno está en bolivianos”. La frase revela un preocupante desconocimiento de la realidad económica: en Bolivia el dólar está presente en la vida diaria, aunque la mayoría de las personas nunca compre uno solo.
Está en las vacunas y medicamentos que reciben las reses y los pollos que consumimos; en los fertilizantes utilizados en la producción agrícola; en los medicamentos; en el pasaje del minibús, porque el combustible se importa con dólares; en los aceites lubricantes y, en general, en casi todo. Por tanto, no es necesario comprar un automóvil para sentir el impacto de su precio en nuestra vida cotidiana.
El tipo de cambio flexible implica que el precio del dólar sea determinado por la oferta y la demanda del mercado. En economías con un flujo constante de divisas, este mecanismo puede absorber desequilibrios de manera relativamente ordenada. Sin embargo, cuando un país, como el nuestro, recibe pocos dólares, la flexibilidad puede convertirse en un serio factor de inestabilidad económica. En esta ecuación no se puede ignorar la acción de los especuladores, que retienen divisas esperando su apreciación, para obtener más bolivianos, limitando, en consecuencia, la disponibilidad de esa moneda. Así, pues, el mercado es altamente imperfecto y es aprovechado para beneficio de ciertos actores
Si las exportaciones, la inversión extranjera, hoy mínima, el turismo y las remesas no generan suficientes dólares, su precio tenderá a subir de forma sostenida, provocando, como ya ocurre, una depreciación persistente de la moneda nacional. Esto encarece las importaciones de las que dependemos para acceder a numerosos bienes esenciales. Consecuentemente, disminuye el poder adquisitivo de los salarios y se deteriora el nivel de vida de la población.
La pérdida de confianza en nuestra moneda agrava el panorama, pues cuando las personas perciben que el dólar seguirá subiendo, buscan dólares para proteger sus ahorros. Esto incrementa aún más su demanda y acelera la depreciación.
Ni las empresas ni el sector público quedan al margen. Las primeras dependen de insumos importados, y si tienen deudas en dólares, su situación financiera se vuelve más crítica. El estado mantiene deuda externa en esa moneda y una depreciación incrementa el costo de su servicio, reduciendo los recursos, en moneda nacional, destinados a inversión pública, infraestructura, salud y educación.
Los créditos parecen ser la esperanza del gobierno, Ya dijimos por este mismo medio, en noviembre del año pasado: los créditos, no resuelven el problema. Solo serán un paliativo. Es necesario incrementar la producción exportable y añadir incentivos para promover el ingreso de dólares a la economía nacional. Sin una mayor captación de divisas, un tipo de cambio flexible corre el riesgo de convertirse, más que en un intento de solución, en un salto al vacío.

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