La ilusión de la estabilidad cambiaria en Bolivia se ha desintegrado. El dólar, cotizado en el mercado paralelo, rompe récords diariamente, desnudando una crisis estructural que el Gobierno intentó maquillar durante más de una década. Hoy, Bolivia sufre las consecuencias de un “sinceramiento” forzado y caótico de la divisa, ejecutado de la peor manera imaginable: sin dólares de liquidez real en las bóvedas del Banco Central.
Permitir el deslizamiento del valor de la moneda sin contar con un colchón de reservas internacionales es un suicidio económico. Un sinceramiento cambiario responsable debió ser implementado en los momentos en que el Estado gozaba de liquidez, lo que hubiese permitido amortiguar el impacto social, de la misma forma que hubiese servido para estabilizar los precios de los productos y contener la especulación. Hacerlo hoy, con las reservas exhaustas y las ventanillas oficiales cerradas al público, solo genera pánico colectivo, destruye el poder adquisitivo y desancla las expectativas de la población. El mercado boliviano no se está sincerando bajo criterios técnicos; se está descontrolando ante la escasez de billetes verdes.
Lo que resulta alarmante es la desconexión de las autoridades con la realidad. Mientras el sector productivo se asfixia por la falta de insumos importados y los ciudadanos ven desvanecerse sus ingresos, el millonario gasto público sigue intacto. El aparato estatal continúa sobredimensionado, financiando una burocracia ineficiente y sosteniendo empresas públicas deficitarias que devoran recursos que el país ya no produce.
Esta intransigencia política mantiene el déficit fiscal en niveles crónicos e insostenibles. Resulta inaceptable exigir el sacrificio al sector privado y a las familias de a pie, mientras el sector público se niega rotundamente a apretarse el cinturón. La crisis de divisas no es un fenómeno meteorológico; es el resultado directo de gastar sistemáticamente más de lo que ingresa, financiando el bache con endeudamiento y quemando los ahorros de la bonanza gasífera.
La lección económica es dura, pero clara: el verdadero sinceramiento de la economía no se va a lograr emitiendo decretos ni forzando devaluaciones en un escenario de escasez absoluta. La flexibilización cambiaria debe ser el punto final de llegada de un plan de estabilización, nunca un desesperado manotazo de ahogado. Corregir el precio del dólar solo será viable y saludable cuando el país vuelva a generar un flujo constante de divisas de manera genuina, ya sea mediante el incentivo urgente a las exportaciones, la atracción de inversión extranjera real o el recorte drástico del despilfarro fiscal. Intentar sincerar el valor de la moneda sin tener respaldos físicos en los bancos es validar la especulación informal y condenar al país a una espiral inflacionaria. ¿Cuándo se frenará el gasto público? ¿Se reconstruirá la confianza antes de que el mercado termine por devorar lo que queda de estabilidad nacional?
El costo de sincerar la escasez
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