El proyecto de ley de atención integral, que plantea la esterilización de mujeres en situación de calle con drogodependencia, ha suscitado un intenso debate público, particularmente, en redes sociales. Una parte significativa de la opinión pública ha expresado su respaldo a esta iniciativa apelando a argumentos que van desde la supuesta erradicación de la pobreza hasta planteamientos cercanos a una forma de ingeniería genética, donde la discapacidad y la vulnerabilidad son concebidas como problemas que deben ser evitados antes que comprendidos. Esta postura revela, además, una sociedad que parece más dispuesta a juzgar la miseria ajena que a confrontar sus propias contradicciones.
Resulta imprescindible recordar que las personas en situación de calle no eligieron voluntariamente esa condición. En la mayoría de los casos, son el resultado de historias marcadas por el abandono, la violencia intrafamiliar, el abuso y la exclusión social. La calle representa para ellas el último refugio cuando todas las demás estructuras de protección han fracasado. Reducir esta compleja realidad a una política de esterilización significa ignorar las verdaderas causas del problema y desconocer que, antes que cualquier otra medida, estas personas necesitan aceptación, acompañamiento y oportunidades reales de rehabilitación.
Aunque el proyecto de ley aún debe ser debatido en la Asamblea Legislativa Plurinacional, el verdadero debate parece haberse instalado en las redes sociales. Para muchos, las personas en situación de calle únicamente representan un elemento que “afea” las ciudades y simboliza el fracaso social; desde esa perspectiva, se les considera incapaces de tomar decisiones responsables sobre sus propias vidas, atribuyendo al Estado la obligación de intervenir, no mediante programas de reinserción o recuperación integral, sino mediante mecanismos de control reproductivo que impidan el nacimiento de nuevas generaciones en condiciones de pobreza.
Detrás de esta lógica subyace una visión profundamente determinista del ser humano: se parte de la premisa de que quien nace en la pobreza está condenado a permanecer en ella y que quien crece en la calle inevitablemente morirá en la misma condición, sin posibilidad alguna de un cambio de vida. Llevado a su extremo, este razonamiento conduce a una conclusión moralmente inquietante: para acabar con la pobreza bastaría con impedir que existan los pobres.
Las personas en situación de calle requieren mucho más que propuestas de esterilización masiva. Necesitan políticas públicas que promuevan su recuperación integral, acceso a servicios de salud física y mental, programas de rehabilitación frente a las adicciones, oportunidades laborales y procesos efectivos de reinserción social. Transformar una vida implica mucho más que modificar una circunstancia material; exige reconstruir la esperanza y generar condiciones que permitan romper los ciclos de exclusión.
En este contexto, resulta pertinente la reflexión del filósofo, Byung-Chul Han, quien sostiene que la sociedad contemporánea ha desarrollado una obsesión por la belleza, la positividad y la perfección superficial. Todo aquello que representa sufrimiento, pobreza o fragilidad se convierte en un elemento incómodo que se procura invisibilizar. Según el filósofo, esta estética de lo perfectamente pulido termina siendo casi pornográfica, pues elimina toda huella del dolor humano y rechaza cualquier realidad que altere la imagen idealizada del bienestar permanente.
Desde esta perspectiva, las personas en situación de calle desafían precisamente esa estética de la modernidad, pues su sola presencia recuerda las profundas desigualdades que persisten en nuestras sociedades y obliga a reconocer que la exclusión no es únicamente responsabilidad individual, sino también consecuencia de múltiples fallas familiares, institucionales y sociales.
Las personas en situación de calle no son animales ni objetos sobre los cuales otros puedan decidir. Son seres humanos dotados de dignidad intrínseca, independientemente de su condición económica o social. Ninguna política pública puede construirse sobre la negación de esa dignidad. Antes de imponer soluciones homogéneas que terminen ahondando la miseria humana bajo el disfraz de una supuesta conciencia social, corresponde promover el respeto, la rehabilitación, la inclusión y la auténtica promoción humana, únicos caminos compatibles con una sociedad que aspire verdaderamente a la justicia y al reconocimiento del valor de toda vida.
El autor es teólogo, escritor y educador.
