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Dificultades de estudiantes hablantes aymaras en universidades

Pedro Ramos Tancara

Entrar a la universidad debería significar ampliar las herramientas para pensar la realidad, pero para muchos estudiantes hablantes aymaras significa, primero, traducirse a sí mismos.
La primera dificultad es lingüística, aunque no se reconozca. Las clases, los materiales y las evaluaciones se dan en un castellano académico denso, lleno de términos que no tienen traducción directa ni referencia inmediata en la experiencia aymara. El estudiante no reprueba por falta de capacidad, sino porque debe hacer un doble trabajo mental: comprender el concepto y luego descifrarlo en un código que no usa en su vida cotidiana. Ese desgaste agota y hace que muchos abandonen en los primeros semestres, no por falta de interés, sino por cansancio de sentirse permanentemente fuera de lugar.
La segunda dificultad es metodológica. En las comunidades aymaras el aprendizaje se construye en la práctica, en colectivo y ligado a problemas concretos. Se aprende sembrando, construyendo, organizando. La universidad, en cambio, privilegia la clase magistral, el examen individual y la escritura académica descontextualizada. Cuando el saber no se puede mostrar en acción, el estudiante pierde confianza en lo que sí sabe hacer. El sistema interpreta esa distancia como “baja participación” o “poco compromiso”, cuando en realidad es un choque de formas de aprender.
A esto se suma lo económico y lo simbólico. Muchos jóvenes llegan desde zonas rurales, sostienen sus estudios trabajando y enfrentan costos que no estaban previstos. Pero pesa más el prejuicio: todavía se asocia hablar aymara con menor capacidad intelectual. Ese estigma no se dice en voz alta, pero se nota en el silencio que adoptan algunos estudiantes en el aula para evitar la burla o el señalamiento.
La solución no está en simplificar los contenidos, sino en ampliar la idea de lo que cuenta como conocimiento válido. Una universidad que se dice intercultural debería ofrecer apoyo bilingüe en los primeros años, valorar proyectos aplicados al contexto comunitario y formar a sus docentes para que vean la diversidad lingüística como recurso, no como problema.
Mientras la universidad siga hablando un solo idioma y reconociendo una sola forma de aprender, seguirá formando profesionales para una parte del país. Y Bolivia no es un país de una sola lengua ni de una sola forma de saber. Reconocer eso no es bajar el nivel académico, es hacerlo pertinente.
En conclusión, las dificultades que enfrentan los estudiantes hablantes aymaras en la universidad no radican en su capacidad intelectual, sino en el desajuste entre un sistema académico monocultural y una realidad plurilingüe. Mientras la universidad siga exigiendo una sola lengua y una sola forma de aprender, seguirá excluyendo saberes y talentos valiosos para el país.

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