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Pedro D. Murillo, jefe de la Revolución del 16 de Julio de 1809

Jesús Mejia Bustillos

La víspera del glorioso día, en la «Casa de Murillo», sigilosamente se reunieron los juramentados Gregorio García Lanza, Melchor Jiménez, Juan Basilio Catacora, Buenaventura Bueno, Mariano Graneros, Apolinar Jaén, Juan Bautista Sagárnaga, y Juan Antonio Figueroa. Bajo estricta consigna, Murillo, con voz serena, dueño del momento, impartió las últimas órdenes para apoderarse del cuartel, que debía efectuarse al día siguiente al anochecer.

La dominación española había durado tres siglos, los nativos fueron reducidos a calidad de bestias de carga, con mil imposiciones  sobre sus vidas, usurpadas sus tierras y puestas en manos de sus verdugos. En las minas de Potosí  y otras más, en explotación activa, allí en las oquedades de la tierra, los indígenas, apenas alimentados con maíz tostado, chuño (papa deshidratada),con charque (carne secada al sol) y también con coca, tenían que extraer el noble metal, la plata, hasta caer de fatiga y de hambre, fustigados por el látigo de los capataces.

Las noticias que llegaban desde España, cuando Fernando VII llegó a perder en batalla y también se sometió a Napoleón I de Francia, producían absoluta confusión en el reino y en las colonias. Este caos era aprovechado por los patriotas para inflamar la Llama de la Independencia preparada desde años antes. El cura Medina como otros predicaban abiertamente sobre el estado político de España. Los panfletos y pasquines que aparecían misteriosamente pegados en las paredes, hacían saber al pueblo las atrocidades cometidas  por las autoridades españolas. Sobre ese trato inhumano y de explotación, advino la Revolución en Nuestra Señora de La Paz.                    La tarde del 16 de julio de 1809 sacaron en procesión a la Virgen del  Carmen, concurrieron al acto religioso  el Obispo La Santa y Ortega, el intendente Tadeo Dávila, las dignidades eclesiásticas, autoridades  políticas adictas a la corona de España, el Regimiento Real, correctamente formado.

Pasadas las ceremonias, a las seis de la tarde el cuartel quedó desguarnecido, la tropa alegremente estaba festejando la fecha religiosa local. Este era el momento esperado durante muchos años, el héroe Murillo sabía muy bien que no iba a fracasar  como sucedió con otros tantos golpes. Su vida desde ese momento estuvo entregada a la salvación de su pueblo y a la conquista política y social americana.

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