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El desafío de una Sudamérica más liberal

Ronald Nostas Ardaya

Durante casi dos décadas, la política sudamericana estuvo dominada por gobiernos de izquierda que ampliaron el papel del Estado, promovieron una nueva estructura institucional y, en algunos casos, reescribieron desde sus cimientos el pacto constitucional. Ese ciclo parece haberse revertido con una velocidad notable.
Las elecciones del último lustro en la región muestran un avance sostenido hacia gobiernos que, con distintos matices, privilegian la estabilidad macroeconómica, la inversión privada, la apertura económica y la disciplina fiscal. Aunque sería un error afirmar que existe una homogeneidad ideológica, se puede sostener que, por primera vez en muchos años, la principal diferencia entre los países del subcontinente podría dejar de ser ideológica para convertirse en económica.
Este cambio plantea también interrogantes sobre la garantía del crecimiento uniforme, los procesos de integración y la sostenibilidad. Más que analizar el giro de Sudamérica hacia el liberalismo, la cuestión relevante consiste en prospectar qué tipo de región podría surgir cuando la mayoría de los países compartan una visión favorable al mercado.
Es un error considerar que todos los gobiernos liberales representan un mismo proyecto. El cambio ideológico puede generar cuando menos dos tendencias. Por un lado, el liberalismo moderado, que busca combinar capitalismo con políticas sociales a través de un Estado regulador fuerte pero no empresario, e implementar reformas graduales antes que transformaciones disruptivas. Aquí se inscriben Ecuador y Bolivia.
Por otro, el liberalismo reformista, que pretende un cambio más rápido y profundo, reduciendo significativamente el tamaño y la intervención del Estado; impulsando privatizaciones con menos regulaciones; atrayendo inversión privada masiva y cambiando la legislación laboral y tributaria para mejorar la competitividad. Argentina es el mejor ejemplo, aunque pueden sumarse Colombia, Perú y Chile, y eventualmente Brasil según el desenlace de sus elecciones de octubre.
La diferencia entre ambos grupos radica en las restricciones institucionales. En los casos de Bolivia y Ecuador, los gobiernos de izquierda cambiaron sus constituciones y empoderaron a sus movimientos sociales, creando cerrojos y trampas difíciles de esquivar, lo que no ocurrió en los otros países. Unos pueden legislar sobre una arquitectura institucional neutra, mientras los otros están obligados a operar en modelos diseñados con una lógica económica y social específica que no se puede reformar por decreto ni por simple alternancia electoral.
Estas diferencias son importantes porque condicionan la integración regional. Una cosa es coordinar economías abiertas y otra muy distinta es armonizar países donde unos mantienen amplios sistemas de protección social, mientras otros reducen drásticamente la intervención estatal. La convergencia ideológica no elimina las diferencias nacionales.
Otro problema emerge cuando el mismo mercado que facilita la integración también intensifica la competencia. Cuando todos intentan atraer inversión con herramientas similares, la competencia deja de darse solo entre empresas y empieza a trasladarse hacia los Estados, generando el riesgo de una “carrera hacia abajo” que erosione estándares laborales o ambientales.
A esto se suma la enorme desigualdad entre los países. Brasil, Argentina, Colombia, Perú y Chile tienen economías considerablemente mayores que las de Bolivia, Paraguay, Ecuador o Uruguay. Cuando todos compiten bajo reglas semejantes, las economías grandes atraen inversión con mayor facilidad, porque tienen mercados internos más amplios, sistemas financieros más sólidos y previsibilidad jurídica. Las pequeñas corren el riesgo de especializarse solo en materias primas, generando más desigualdades regionales que no responden a diferencias ideológicas sino estructurales.
Entre todos los países, Bolivia enfrenta un desafío particularmente complejo. Si el resto del subcontinente consolida estabilidad macroeconómica, mientras Bolivia permanece atrapada en conflictos sociales constantes, el país perderá competitividad regional. La inversión buscará mercados más previsibles con más seguridad jurídica y los acuerdos comerciales tenderán a excluirla. La historia demuestra que los países no prosperan por coincidir ideológicamente con sus vecinos, sino por estar preparados para competir con ellos.
Las elecciones cambian presidentes; las constituciones cambian Estados. Cuando ambos procesos avanzan en direcciones distintas, la gobernabilidad deja de depender del resultado electoral para convertirse en un problema de arquitectura institucional. Ese es el gran desafío boliviano: integrarse a una Sudamérica que ingresa en un nuevo ciclo político sin quedar atrapada en las inercias del ciclo anterior. En un continente que parece encaminarse hacia una etapa de convergencia en torno al mercado, el mayor riesgo para Bolivia no será la diferencia ideológica, sino el aislamiento estratégico.

El autor es Industrial y ex Presidente de la Confederación de Empresarios Privados de Bolivia.

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