Pienso, luego existo

Soberanía

Eddy Terceros Monasterios

En nuestro país se utiliza en demasía el término soberanía, a veces con justeza y precisión, pero las más de las veces simplemente como un término de adorno politiquero afín a las ocultas intencionalidades del orador o escritor de turno. Pero bien entendida la soberanía, al margen de las definiciones semánticas de diccionario, no es otra cosa que la libertad y autonomía que una persona tiene por derecho en su persona, en su domicilio, con sus bienes, en su territorio material y hasta en sus ideas y determinaciones personales, sean éstas individuales o colectivas.

¿Hasta cuándo deberemos aguantar y soportar con estoicismo humillante el mal trato, la prepotencia y hasta los denigrantes calificativos con que se denomina y señala al boliviano? ¿Es justo que solo por el hecho de algunos malos ejemplos y actitudes, todos seamos mal tratados y señalados con el dedo acusador del oprobio y la duda? ¿Es justo que nuestras actividades comerciales sean siempre señaladas con el signo del cuestionamiento, la duda y hasta el desprecio?

Es verdad que debemos comenzar por corregir nuestros errores del pasado y adquirir nuevas modalidades culturales, disciplinarias y de conducta desde nuestros niños, nuestros jóvenes y todas las generaciones que con orgullo habitamos este territorio patrio. Es verdad también que debemos luchar internamente por habituarnos a respetar las normas y leyes nacionales e internacionales, en todos los sentidos. Y, finalmente, es verdad que en un esfuerzo sin precedentes debiéramos quitarnos la lacra del narcotráfico y del contrabando, desde y hacia nuestro país, porque esas son las llagas sobre las que nuestros vecinos hacen escarnio y aprietan – cuando les conviene – hasta hacerlas sangrar.

En consecuencia, aprendamos e invirtamos en procesar nuestras materias primas para tener mejores precios y condiciones de mayor mercadeo, en lugar de malgastar en planes de corta vida. Capacitemos a nuestros jòvenes, no solo en energía atómica e inteligencia artificial para estar a tono con una mínima parte del mundo, sino en opciones de mejor producción que beneficie a las mayorías; en contar con autoridades eficientes y eficaces que, aunque jóvenes conozcan de tratados internacionales.

Los inversores extranjeros, sea cual sea su procedencia, siempre están ávidos de colocar sus capitales, maquinarias y tecnología en países que ofrezcan seguridad jurídica y respeto a los tratados suscritos o a suscribirse. No se puede decir, entonces, que la falta de dinero nos debe mantener presos en nuestras fronteras. Límites geográficos que cada vez son más débiles por el avance de la tecnología y de los medios de comunicación, y que son superables para obtener luego ventajas futuras como la autodeterminación. Para lograr esto y mucho más se requiere contar con un pueblo unido y convencido de ser un patriota de verdad y de práctica y no solo de discurso de protocolo de desfile; con autoridades que trabajen al unísono por el progreso y desarrollo patrio y no por ventajas sectoriales y menos por apetitos personales; con juventudes que se preparen conscientemente para ser competitivos y lograr marcas de excelencia.

El ser soberano es un derecho, pero implica obligaciones, como la de respetar para ser respetado; la de ser competitivos en ofrecer calidad y diversidad; el de brindar buen trato a los demás, no avivándose por ser extranjero, no hablar el idioma o ser inculto; el instruirse desde los oficios más simples hasta los profesionales, que puedan argumentar con conocimiento cierto y actual en cualquier concierto internacional.

La soberanía no simplemente se refiere a los seres humanos habitantes de un territorio, sino que se debe extender a sus posibilidades y existencias de los tres reinos: mineral, vegetal y animal, pues la obligación de todo ser humano es vivir en armonía con la naturaleza, respetándola e integrándose a su existir y no simplemente sometiéndola para beneficio personal.

En resumen, si queremos ser dignos y que nos respeten, comencemos por cambiar nosotros mismos y, hablando simplemente, si en la tienda del frente nos tratan mal, caminemos unos pasos más para obtener un mejor trato y hasta quizás mejores oportunidades. Esta no pretende ser la verdad absoluta, por supuesto, pero puede ser el inicio de una serena reflexión de forma de vida como país, no pensemos en la venganza ni en el enfrentamiento, actuemos con dignidad, no confiemos en nadie sino en nosotros mismos, pues ya suficiente tenemos con las experiencias bélicas de nuestros ancestros y el comportamiento siempre interesado de los aliados de turno. Autoridades y profesionales tienen el uso de la palabra para orientar a que nuestra población aprenda y practique el verdadero sentido de la dignidad, la autonomía y por sobre todo la defensa de la SOBERANIA.

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