Superar las secuelas del reciente conflicto, no se logrará de la noche a la mañana. La reconciliación, demorará en llegar. Ninguna disculpa, en efecto, tiene cabida. Las heridas aún sangran y el dolor aún embarga. La suspicacia se impone, particularmente, en las poblaciones urbanas, debido a que fueron duramente golpeadas, por hechos vandálicos. Ellas aún viven, sobre ascuas. A raíz de los excesos resultaron paralizadas las actividades comerciales, industriales, productivas y del transporte de larga distancia. Los pobres fueron más empobrecidos, debido a que el costo de vida trepó a los cielos. Los bloqueadores, para colmo de males, dijeron que eran dueños de Bolivia. Y los bloqueados, en todo caso, resultarían siendo inquilinos. Una afirmación, que raya en la absurdez. Que los protagonistas asuman su responsabilidad ante la historia y los hombres.
Es demasiado temprano, para propiciar el encuentro. Ello demandará tiempo y nuevos liderazgos. Nuevos rostros y renovados discursos. Por el momento habría que apaciguar los ánimos, para que la temperatura no vuelva a subir. Dar espacio a la reflexión y al “mea culpa”. Ya vendrán otros momentos, para recomponer la unidad de los bolivianos. Para trabajar de manera mancomunada, por un futuro mejor.
Para que el entendimiento, entre urbanos y rurales, entre ricos y pobres, entre occidentales y orientales, haga de Bolivia, un país competitivo. Progresista, con desarrollo sostenible, donde haya oportunidades, para la gente joven. Donde se priorice la generación de empleos y la erradicación de la pobreza.
Ciertos grupos sociales, movilizados por consignas oscuras, tenebrosas y desestabilizadoras, que provenían de algún sector del trópico, lastimaron a quienes no coincidían con tales despropósitos. A sus propios hermanos que nacieron bajo el abrigo del rojo, amarillo y verde. Intentaron tomar la sede de gobierno, para restituir en el Poder a quien en 2019 había huido a México. Extorsionaron, en los puntos de bloqueo. Saquearon la propiedad, de personas particulares.
Privaron el derecho a la vida, en el campo y las ciudades, enarbolando las banderas del bloqueo. Lanzaron amenazas y dicterios. Quienes provocaron la debacle económica, conmocionaron el país por instrucciones del Socialismo Siglo XXI. Arruinaron la estructura de las carreteras, construidas en el pasado con esfuerzo y sacrificio. Lo que hasta hace poco significó confraternidad y hermandad campo – ciudad, fue quebrantada por oportunismo, demagogia e intereses particulares.
La obstinación, que originó el bloqueo de 50 días, corroe la unidad. Divide a las regiones productoras y las consumidoras. La ciudadanía se ha definido políticamente en el último conflicto. Dos bandos, en consecuencia, han competido en medio de la convulsión. Un grupo insensato que obedecía a un trasnochado izquierdista. Los más, de tendencia democrática, que repudiaban la violencia y se conducían con apego a la ley de las leyes. Y la democracia resurgió fortalecida. Pero el gobierno continuará bregando cuesta arriba, pese al respaldo internacional.
En suma: Bolivia merece un destino mejor, bajo la unidad inquebrantable.
Superar secuelas
Severo Cruz Selaez
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