Hay momentos en la vida en que solemos hacer un alto para reflexionar, sobre si lo que has hecho ha sido productivo, si la experiencia cumplió sus objetivos o no (hay trabajos, acciones que se realizan –unas planificadas, otras no– y que posteriormente son engavetados a pesar del tiempo utilizado, las neuronas gastadas, aunque queda la experiencia que es la parte positiva), si los consejos que diste a tus hijos, hermanos, familiares, amigos fueron válidos o equivocados, etc.
Uno de estos altos, suele ser en el momento en que cumples un año más de vida, en medio del regocijo de los que comparten contigo tu celebración, estando ellos cerca o de manera virtual.
¿Has hecho bien, has hecho mal, te has equivocado alguna vez? Cualquier respuesta a las preguntas antes mencionadas, difícilmente alguna resulte excluyente de la otra. Queda claro que, a lo largo de la vida, niños, adolescentes, jóvenes, adultos, rondando la tercera edad, o adulto mayor (por lo visto en estas últimas clasificaciones hay un rechazo a exclamar ¡Viejo!, aunque sea en señal de cariño), podemos equivocarnos, de lo cual se extrae las mejores experiencias, si es que uno no desea volver a “tropezarse”.
Que, si uno es exigente, cuando debiéramos ser más tolerantes; que, si aburrimos hasta la saciedad, cuando señalamos: “todo lo que puedas esforzarte ahora en el estudio, será para tu propio beneficio futuro”.
Por otra parte, si mucho molestamos, cuando indicamos que no nos toquen nuestras cosas y que deben estar donde las dejamos. Es posible que cuando las canas aparecen –las cuales en algunos casos dependiendo del sexo, en ocasiones no, suelen ser escondidas–, porque el mecanismo biológico encargado de pigmentar la cabellera deja de funcionar y con él desaparece el tinte natural del pelo, señal de estar a las puertas de la “entrada” en años, nos volvemos algunos más que otros huraños.
Qué decir de las abuelas y abuelos, que suelen dar sus opiniones sobre muchos temas, aunque, según cuentan nietos y nietas, no sean necesariamente escuchados. No toco el tema de las suegras porque “ardería Troya”, además de no tener algo en contra ellas…
Es posible y apuesto por un sí, que cuando nos caen los años encima nos cuesta trabajo ceder, tal vez por lo vivido, en lo personal, sobre todo cuando pensamos en que si nuestros padres nos educaron así, nosotros debemos repetir exactamente lo mismo, sin tener en cuenta el nuevo entorno. Pero además olvidamos que alguna vez también hicimos cosas por lo que nos llamaron la atención y nuestra aspiración llega a exagerar los valores que queremos que nuestros discípulos adquieran y manifiesten. En el caso de la profesionalidad, que, si somos los mejores, ello dependerá del nivel de actualización, de superación según su perfil.
¿Qué podemos cambiar, ceder terrenos en nuestros criterios? Por supuesto: pregunten a sus hijos, hijas, esposo o esposa, ¡ah! y a la suegra.
El autor es Licenciado en Ciencias Pedagógicas.
