InicioSeccionesEditorialLa mentira de la austeridad y el mito del “emprendedor”

La mentira de la austeridad y el mito del “emprendedor”

Bolivia vive hoy una de sus paradojas más duras: mientras el discurso oficial se llena la boca con palabras como “patria” o “siempre Bolivia”, la calle cuenta una historia distinta. En las aceras de nuestras ciudades, una nueva generación de bolivianos no “emprende” por visión o creatividad, sino por el imperativo del hambre. Sin embargo, desde los despachos del Estado, donde el aire acondicionado mitiga el calor de la crisis, la clase política observa este fenómeno con una mezcla de cinismo y aletargamiento, bautizando como “espíritu emprendedor”, lo que en realidad es una descarnada lucha por la subsistencia.
El contraste es obsceno. Por un lado, tenemos una parasitaria burocracia, políticos con sueldos de cinco dígitos y expresidentes que gozan de pensiones vitalicias que insultan la realidad del ciudadano promedio. Para estos estratos, la “austeridad” es siempre un sacrificio que debe hacer el otro. No hay reducción de ministerios, ni cese de los privilegios de una casta que parece blindada contra la inflación y la escasez. Mientras el erario público se desangra para mantener estructuras partidarias y favores políticos, el Estado exige al ciudadano común “ajustarse el cinturón”.
En el otro extremo están los jóvenes. Aquellos que, tras años de formación o simplemente ante la falta de mercado laboral, terminan vendiendo empanadas en una esquina, comerciando artículos importados de contrabando o pedaleando para una aplicación de entregas. Se ha puesto de moda romantizar esta precariedad. Se nos dice que el boliviano es “creativo” y que el “cuentapropismo” es el motor del país. Es una mentira piadosa que oculta una tragedia: Bolivia es uno de los países con mayor informalidad laboral del mundo.
Vender comida en la calle sin seguro social, sin aportes a una jubilación, sin vacaciones y bajo el riesgo constante de ser desalojado por la guardia municipal no es “ser tu propio jefe”. Es vivir al día, donde una enfermedad familiar significa la quiebra absoluta. Al llamar “emprendedor” al joven que no tiene más opción que la informalidad, el Estado se lava las manos. Si el ciudadano “emprende”, el Gobierno ya no tiene la obligación de crear las condiciones para el empleo digno, formal y estable. La verdadera austeridad debería empezar por casa: por un recorte real al gasto político para inyectar capital en la formalización de la economía. En tanto los políticos sigan viviendo en su burbuja de privilegios, y mientras sigamos aplaudiendo la precariedad bajo el nombre de “emprendedurismo”, estaremos condenando a las futuras generaciones a una economía de supervivencia, donde el éxito no se mide en crecimiento, sino en haber logrado vender lo suficiente hoy para comer mañana.
¿No es hora de dejar de romantizar la necesidad y empezar a exigir la responsabilidad de quienes, desde el poder, parecen haber olvidado qué significa vivir fuera de la planilla estatal? ¿No es momento de reducir salarios de la burocracia y de que los políticos, que poco aportan al bienestar de todos o al bien común, se ajusten los cinturones?

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