Lo que eran selvas verdes hoy son cementerios de ceniza. La deforestación en nuestro país dejó de ser una preocupación ambiental para convertirse en una emergencia nacional sistémica, alimentada por una complicidad estructural entre el poder político y los sectores extractivos más depredadores. La realidad muestra un Estado que ha claudicado ante el agronegocio, la minería aurífera y el fuego de los chaqueadores. La inoperancia de los sucesivos gobiernos bolivianos no es fruto de la incapacidad, sino de una voluntad política orientada a favorecer a las élites agroindustriales.
Se ha fomentado una expansión desmedida de la frontera agrícola para satisfacer la demanda de soya y carne de exportación, sacrificando la biodiversidad y la seguridad hídrica a cambio de divisas que rara vez permean hacia el bienestar del ciudadano común. El modelo de desarrollo actual es, en esencia, un pacto de destrucción mutua, donde el bosque es el primer caído.
A este panorama desolador se suma la figura del “chaqueador”, ese brazo ejecutor de la quema descontrolada. Bajo el pretexto de la necesidad económica o la expansión de pequeñas parcelas, se desata un fuego que ignora fronteras y devora áreas protegidas. No hay justificación social que valga cuando el resultado es el envenenamiento del aire de millones de bolivianos y la pérdida irreversible de ecosistemas únicos. La falta de sanciones drásticas y la cultura de la impunidad han convertido al fósforo en la herramienta más barata y letal de la geografía nacional.
Sin embargo, el asalto a la naturaleza no termina con el fuego. En las entrañas de nuestros ríos, la minería aurífera actúa como un cáncer silencioso, pero fulminante. Los mineros del oro, protegidos por cooperativas que operan como estados dentro del Estado, están destruyendo las cuencas amazónicas. No solo es la deforestación para abrir caminos y campamentos; es la contaminación masiva con mercurio que condena a las comunidades indígenas y a la fauna. El Gobierno observa, impávido o cómplice, cómo se remueve el lecho de los ríos y son derribados árboles centenarios para alimentar una ambición que solo deja desierto y toxicidad a su paso.
La responsabilidad es clara: el Estado boliviano ha fallado en su deber constitucional de proteger el patrimonio natural. La institucionalidad ambiental está desmantelada, convertida en un ente decorativo que tramita permisos mientras el país arde. Criticar este sistema no es un acto de oposición política, es un imperativo ético ante la posibilidad real de que las próximas generaciones hereden un territorio inhabitable.
Bolivia no necesita más decretos de pausa ecológica que se incumplen al día siguiente. Necesita una ruptura radical con el modelo extractivista, la abrogación real de las normas que incentivan la quema y un control militar y civil efectivo sobre las zonas mineras. De lo contrario, seguiremos siendo testigos de cómo la codicia de unos pocos, amparada por la desidia de los gobernantes, convierte nuestro hogar en un páramo de humo y ceniza.
Sacrificio de bosque y agua ante agronegocio y oro
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