En la última década, Bolivia experimentó una relevante transición digital. Lo que comenzó como un espacio de conexión se ha transformado en un mercado de atención donde el “me gusta” es la divisa más fuerte. Sin embargo, al observar el panorama actual de los creadores de contenido y streamers, surge una pregunta inevitable: ¿en qué estamos invirtiendo las horas de los millones de bolivianos que consumen contenido digital cotidianamente?
La democratización de la tecnología podía ser un acceso sin precedentes al conocimiento y la cultura. No obstante, la realidad de nuestra “pantalla chica” portátil es otra. Predominan los formatos que celebran la trivialidad absoluta: desde la sobreexposición de la vida íntima y la romantización de una sencillez que a veces parece impostada para ganar empatía, hasta la creación de polémicas artificiales en programas de streaming que imitan modelos extranjeros de bajo valor intelectual.
Es innegable el carisma de ciertos personajes que, desde la autenticidad de las provincias o el lujo de los sets de televisión tradicionales ahora volcados a la red, logran capturar la atención de las masas de internautas. Pero tras el carisma, el vacío intelectual es preocupante. Son creados ídolos de barro cuya única función es la distracción perpetua. Vemos figuras que saltan de las pasarelas y los medios convencionales a las redes sociales no para aportar una visión crítica o constructiva, sino para alimentar un ciclo de consumo de imagen y publicidad disfrazada de cotidianidad.
El problema no es el entretenimiento en sí, sino la ausencia casi total de una contraparte edificante. En un país con desafíos educativos estructurales, que las tendencias locales estén monopolizadas por desafíos absurdos, bailes de pocos segundos o discusiones circulares sobre la vida privada de terceros, resulta un costo de oportunidad intelectual altísimo. Los algoritmos premian lo inmediato y lo visceral, y los creadores, conscientes de ello, prefieren la recompensa rápida de la viralidad antes que el esfuerzo de generar contenido que deje una semilla de pensamiento crítico o formación ciudadana.
Estamos ante una “farándula digital” que, bajo el pretexto de “dar a la gente lo que quiere”, evade su responsabilidad social. Los streamers que hoy reúnen a miles de jóvenes en transmisiones en vivo tienen el poder de movilizar conciencias, pero optan por el chisme, el conflicto vacío o la exhibición del consumo. Se alude indirectamente a esa estética de lo cotidiano que, aunque visualmente atractiva, carece de profundidad y se limita a un relato de supervivencia o éxito superficial.
Si el contenido es el alimento del espíritu en la era digital, Bolivia está sufriendo por una desnutrición severa. No se trata de censurar la diversión, sino de cuestionar por qué nuestra relevancia digital se mide únicamente por la capacidad de entretener sin educar, y de brillar sin iluminar. El clic es nuestro, y en él reside el poder de decidir si queremos ser una sociedad de espectadores pasivos o de ciudadanos digitales conscientes.
Trivialidad del streaming como moneda de cambio
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