Desde una perspectiva evolutiva, el genoma humano evolucionó en las llanuras de África, siendo nosotros recolectores y cazadores. Tiene aún hoy relevancia en nuestra forma de prestar atención y aprender. Cuando entramos en movimiento se activan redes atencionales en respuesta a la posibilidad de encontrarnos con la novedad, que es en sí una oportunidad de aprender, conseguir alimento y evolucionar. Además, al movernos se activa el circuito dopaminérgico de recompensa, ya que hay expectativa y motivación por este encuentro con el mundo y la novedad. Al movernos, aparte del neurotransmisor dopamina, también se libera acetilcolina, que está implicado en el aprendizaje y la memoria. Con la actividad física se aumenta el ritmo cardiaco, que a la vez fomenta la oxigenación del cerebro, junto a glucosa y otros nutrientes. Simplemente con levantarse del asiento, una persona aumenta en 7% el oxígeno que llega al cerebro, mejorando su potencial de trabajo.
La investigación neurocientífica indica que la actividad física incrementa la capacidad atencional, la activación neural y una variedad de capacidades cognitivas (Donnelly et al, 2016). También hay evidencia de que los niños y las niñas con mejor nivel de fitness, tienen mayor volumen de ciertas regiones cerebrales y mejor dominio de las funciones ejecutivas (las más sofisticadas del cerebro, como es la memoria del trabajo, la inhibición del impulso y la flexibilidad cognitiva) (Chaddock-Heyman et al., 2018; Chaddock et al., 2011).
Como docentes, podemos incorporar momentos de movimiento en nuestras clases, hay diversas posibilidades, desde pequeñas pausas activas, agregar gestos o acciones a una lección, diseñar actividades que implican que los estudiantes se levanten de sus lugares y vayan a diferentes sitios del aula. Los quiz se pueden transformar en actividad física de equipos, donde el estudiante deba correr a depositar una ficha (su respuesta) en un balde o anotarlo en la pizarra. Levantarnos para estirarnos o tocar los dedos de los pies entre actividades, es otra herramienta sencilla, pero útil.
En el aula, tenemos la oportunidad de trascender los modelos tradicionales al prestar atención a los pilares fundamentales que emergen de la neuroeducación: la atención, el compromiso activo, el error como oportunidad y la consolidación mediante el descanso y el movimiento. Estos elementos no son meras sugerencias pedagógicas, sino requisitos biológicos para un aprendizaje profundo. Al integrar el movimiento y el bienestar emocional en nuestra planificación diaria, no solo estamos transmitiendo información; construimos un entorno diseñado específicamente para la arquitectura del cerebro humano.
Adoptar este enfoque basado en la evidencia nos ayuda a edificar un aula más humana, donde la enseñanza y el aprendizaje dejan de ser una carga, para convertirse en procesos gratos, gratificantes y llenos de sentido, tanto para el docente como para los estudiantes. Al alinear nuestras estrategias con el funcionamiento del sistema nervioso, reducimos el estrés académico y potenciamos la curiosidad intrínseca. Por ello, la invitación queda abierta para todos los educadores, es momento de romper con la inercia del aula estática, abrazar la ciencia del aprendizaje y, con valentía, atreverse a cambiar el futuro de la educación, desde la acción y el movimiento.
Actividad física en el aula, imperativo neuroeducativo
Álvaro Jhonny Niño de Guzmán Churata
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