¿Desanimado?

Ernesto González Valdés

Hay ocasiones, pocas por suerte, en las que suelo desanimarme. Abro un libro, lo cierro, tengo artículos pendientes por elaborar a pesar del «concierto de ideas» proporcionados por el coro de musas que revolotean por mi cabeza, a las cuales, por ética y caballerosidad, ¡no las espanto!, sino que les hablo: «jóvenes, hoy discúlpenme, pero ¿podría ser en otro momento?, ¡Gracias!».
¿Botar la basura? Un poco más tarde; en fin, varias actividades las pongo en modo pausa.
Desanimo que puede ser motivado por un cambio en nuestro entorno, relacionado con la familia, con el trabajo o con nuestros sentimientos. Pero también puede surgir por el estado de salud o, inclusive, por un desequilibrio químico de nuestro cuerpo.
¿Tiempo en modo pausa?, realmente no lo he medido, así como la frecuencia con que me sucede. Pero, sin planificarlo, trato de salir de mí mismo, y recurrir a otras acciones que me saquen ese estado lo más pronto posible, por supuesto lejos de cortarme las venas. Pero sí trato de pasar la página para evitar ¿un estado depresivo?
Sin duda, los seres humanos, pensamos, sobre todo para buscar soluciones y más cuando el hecho puede afectar nuestra salud. Obviamente, una salida elegante sería visitar a un especialista que nos haga salir del problema, Y no es que esté peleado con ellos, ni cuestionar su rol, pero a veces me siento capaz de lograrlo por mi cuenta.
Cito varios ejemplos, por supuesto en lo personal; suelo ver series o películas televisivas en los momentos de descanso, según los géneros que me agradan: historia, acción (dónde siempre habrá buenos y malos, efectos especiales, etc.), dramas (que, en este caso, no aumenten mi depresión ante los miles de problemas sociales que enfrentamos cada día en el planeta, desgraciadamente).
¿Solución? Busco películas infantiles de décadas atrás, del género aventuras; otra opción es buscar películas actuales para niños (aunque Walt Disney las haga sin distinción de edades), espacio donde al menos predominan los valores (sin que se nos escape alguien con malas intenciones), colores, la naturaleza, canciones, y que en el transcurso de la misma me genera una sonrisa no programada.
Otra opción está dentro de la rutina, lo que habitualmente solemos hacer, por ejemplo una taza de café tras la siesta, cuando entre sorbo y sorbo paso las páginas del periódico. Detenerme un tanto en el tiempo, caso automático café-periódico, para visualizar dentro de los altos edificios las nubes que no importa que sean bajas o altas, sino que me centro en los colores de éstas que, según el período del año, varían: blancas, semigrises o grises, lo cual evidencia cuán cargadas estará de agua.
Qué decir del sol, que lucha por traspasar con sus rayos la densidad de una u otra. De no poder hacerlo, sencillamente con mucha paciencia esperará que el contenido de agua de las nubes caiga, o bien «las motas de algodón» se muevan por accionar del viento.
Ello me conlleva más tiempo –sin programarlo– para tratar de ausentar el malestar de querer nada. Por lo visto, la solución es dar a uno su propio tiempo, algo así como un auto descanso, admirando las cosas bellas que nos proporciona la naturaleza, en resumen: tratar de pasar momentos contigo de calidad, sin prisas y sin preocupaciones.
¿Y lo que tenía pendiente? Detenerlo, disfrutar mi café, no correr y precisar la lectura no solo de letras, sino de lo que veo, aprecio y no está escrito.
Hoy me siento mejor, refugiándome como siempre en mi teclado.

El autor es Licenciado en Ciencias Pedagógicas.

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