El alcalde Iván Arias ha formalizado su intención de postular nuevamente en los comicios subnacionales de marzo, mientras La Paz atraviesa uno de sus períodos de mayor abandono institucional y degradación urbana. Baches, montones de basura y promesas incumplidas son lo que abundó en todos estos años en el municipio paceño; lamentablemente, los burócratas del GAMLP se han empeñado más en la organización de fiestas y entradas folklóricas que en la planificación y ejecución de megaproyectos.
Mientras el alcalde hace campaña electoral para continuar en el poder por cinco años más, para, según él, ahora sí realizar megaobras, la realidad cotidiana muestra una La Paz paralizada por deudas acumuladas con proveedores y crisis políticas recurrentes. Pese a que este año no se registraron tragedias por las lluvias, los datos no dejan de ser críticos y no admiten interpretaciones ideológicas. Por este motivo, en 2025 diversos sondeos de opinión posicionaron a Arias como uno de los alcaldes con peor calificación de Sudamérica. Esa mala calificación no es gratuita, sino el resultado de cuatro años de una administración improvisada y la incapacidad para ejecutar grandes proyectos.
A pesar de este panorama, Arias busca expandir su influencia en actos proselitistas en los que anuncia grandes proyectos para la ciudad. Pero, ¿podría ejecutarlos, teniendo en cuenta la gestión que hizo en estos años? Esta ambición electoral contrasta irónicamente con su incapacidad para resolver problemas tan básicos como el bacheo de avenidas principales, las cuales, por las lluvias, se ven aún más estropeadas. En todos estos años, Arias tuvo una importante repercusión en redes sociales, con videos en los que se mostraba entrevistando a la gente y en celebraciones, bailes y fiestas. No obstante, la ciudad quedó descuidada y esperando el cumplimiento de la “palabra empeñada”.
La Paz, que alguna vez fue líder y referente de orden municipal para las demás ciudades de Bolivia, hoy se ve sucia por basurales y asfixiada por una infraestructura vial llena de huecos y baches. La “falta de recursos” o el “complot político” pueden ser limitaciones circunstanciales, pero no de toda una gestión. La gestión de los residuos sólidos ha sido, quizás, el síntoma más visible de esta decadencia. Además, La Paz ha dejado de ser el centro cultural de Bolivia, pues, a diferencia de tiempos pasados, ahora no existe un apoyo a iniciativas literarias, cinematográficas o teatrales, como había antes.
Postularse nuevamente con una gestión que dejó a La Paz sin obras importantes para sus festejos julianos y con una crisis de gobernabilidad latente no es solo una decisión política arriesgada; es también una falta de respeto a los votantes. La ciudad no necesita más eslóganes vacíos de contenido real ni bailes de campaña; necesita una administración técnica que recupere el liderazgo de la ciudad. También necesita una digitalización de la tramitología, que es un obstáculo para las iniciativas privadas. Así, pretender la reelección sobre las cenizas de una administración fallida ¿no es una afrenta a la dignidad de los paceños?
La desvergüenza de una reelección sin gestión
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