Siempre he sido una persona intranquila, eso me lo cuenta mi madre. Nací antes de tiempo (a los ocho meses de gestación), llamado prematuro tardío y parecía un “ratoncito”, en cámara de oxígeno (cuidados intensivos) y mi abuela (QEPD) le dijo a mi madre, «si se va a morir, que muera con la barriga llena». Por lo visto escapé de la muerte, con esperanza de vida, asociado a un vaso de leche.
Resalta mi madre que yo era un niño travieso, malcriado (aunque realmente no, ya que la disciplina entonces era a base de castigos, como no jugar, etc.) y egoísta (mis hermanos nacieron nueve años después, y al año siguiente y al otro). Otro recuerdo es que, amigas de mi madre, le decían, por mi indisciplina, «dale una pastillita a ver si se calma».
Cursé los estudios de primaria, secundaria y universidad; comenzó la vida profesional, estudiando magisterio y, que yo recuerde, a partir de ese momento comencé a tomar ansiolíticos.
La profesión de docente –lo sabrán mis colegas– conlleva alta responsabilidad, no solo por ser transmisor de contenido, según la especialidad, sino sobre todo por enseñar valores, lo que exige tratar de ser un ejemplo en la vida cotidiana (a pesar de ser humanos y tener derecho a equivocarnos).
Mis padres me enseñaron la puntualidad (entre otras cosas), a ser el primero, lo que implicaba dejar las cosas listas para mañana (vestuario, materiales de la escuela, por supuesto la clase preparada, estar a tiempo en la parada del bus. Años después, llegar a la universidad mucho antes de que comenzaran las clases, ya que los problemas iniciaban (siendo administrativo) y debía atenderlos, hecho que concluía después de unas ¿14 horas diarias?, “cerrando” el recinto universitario.
Conciliar el sueño, resultaba imposible, refugiándome en mi ansiolítico, que no era una panacea, ya que prácticamente toda la noche, seguía “revisando mi agenda del día siguiente”; inclusive los mal llamados sueños (ya que dormía pésimo). Casi todo lo que sucedía estaba vinculado a la docencia.
Cuando indago, acerca de los factores que me conllevan a un mal dormir, encuentro:
• Agenda ocupada. Las actividades nocturnas, sean laborales o sociales, son una de las razones principales por lo que no se duerme lo suficiente.
• Electrónicos. Las tabletas y los teléfonos móviles, relojes inteligentes, que emiten sonidos durante la noche pueden afectar el sueño.
• Afecciones médicas. La depresión, la ansiedad…
• Estrés por dormir. El simple hecho de estar en la cama puede hacerlo sentir ansioso y despierto, incluso si se siente muy cansado.
Indagando más, encuentro que, cada persona puede soñar hasta 5 veces cada noche, a lo largo de 8 horas de sueño, cuya duración puede ser hasta 20 minutos de tiempo de vigilia.
¿Se afecta la calidad del descanso cuando sueño? Literalmente NO, cuando se sueña no se afecta la calidad del descanso. De hecho, soñar es una de las fases más importantes, en la que se logra un descanso más profundo.
Luego, no me queda más que reducir los ansiolíticos (al menos bajar la dosis) y tratar de soñar, lo que me ayudará a dormir mejor.
Dormir bien, ¿soñando?
Ernesto González Valdés
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