Con la lucha perdida, Bolivia firmó el Tratado de Petrópolis el 17 de noviembre de 1903. El Acre pasaba definitivamente al Brasil, significando 191.000 Km2 que Bolivia perdía (9 veces Israel y más de dos veces Portugal). En compensación recibió casi 4.000 Km2 entre los ríos Madera y Abuná y en la frontera paraguaya al sudeste de Bolivia otra porción de territorio (Bobrapa, un punto tripartito entre Brasil y Paraguay, en la Punta Man Césped).
Bolivia fue indemnizada con 2 millones de libras esterlinas que financiaron la línea férrea Madera – Mamoré que nunca fue concluida. El Tratado de Petrópolis, una gran realización diplomática del Barón de Río Branco (José Paranhos, ministro de Relaciones Exteriores) – que Rui Barbosa de Oliveira, senador de la república del Brasil, se rehusó a firmar porque lo halló indigno para Bolivia, y significa el fin de las usurpaciones territoriales clásicas del Brasil a Bolivia.
Bajo los tapetes de terciopelo, los documentos firmados por el Barón de Río Branco, que serían remitidos a Nathan Roschild, el archimillonario mundial, no fueron vistos, lógicamente, por la delegación boliviana comandada por Fernando Guachalla y Claudio Pinilla que seguramente pasaron muy bien en la estadía diplomática con las tremendas atenciones del Barón de Río Branco en Petrópolis, la bella y requintada ciudad enclavada en las montañas subtropicales del estado de Río de Janeiro.
Nicolás Suárez Callaú, después del Tratado de Petrópolis, se aleja del momento en que el general José Manuel Pando llega a Bahía para encontrarse con los vencedores de la hueste gloriosa que será presentada como la Columna Porvenir, los “Héroes del Acre”. Él no esperaba ni buscaba esto, ni la gloria ni la epopeya heroica.
Muchos dirán que lo único que hizo era defender sus propiedades, como si fueran éstas independientes de Bolivia, pero es así como lo veía y lo ve todavía este país, como si Suárez Callaú hubiera creado un imperio en medio de la selva amazónica, dominando miles de hectáreas con su trabajo y todo eso no fuera parte de esta tierra que amaba por encima de cualquier mundo industrializado, donde debería ir pronto a pelear para ganar más territorio para Bolivia, antes que otros se lleven o cambien los destinos de los recursos naturales que contiene.
Nicolás sabía dónde pisaba. Eran sus dominios, pero solo estaban a su cargo, la tierra que era para la patria.
Extraído del libro: “Biogeografía de Nicolás Suárez Callaú. El Rey de la Goma y su Cachuela Esperanza”. Autor: José Luis Durán Mendoza, 2O21.
